HELLRAISER  

Clive Barker es el creador de Hellraiser. Cuando el joven escritor británico irrumpió en escena con la publicación de sus sangrientos cuentos de terror, se rompieron muchos esquemas dentro del género. Aquello era revolucionario; los atrevidos argumentos de sus historias, en las que el sexo enfermizo tenía un considerable protagonismo, así como las depravaciones del alma humana, el sadomasoquismo llevado por caminos verdaderamente terroríficos, etc... era algo que pocas veces se podía encontrar en las obras de autores consagrados o cuyos libros eran editados habitualmente.

Había que atreverse a ir un paso más allá, y Barker se atrevió, sin duda.

Casi de la noche a la mañana (aunque todos nosotros sabemos muy bien que estas cosas no suceden de un día para otro), su nombre empezó a resonar en todo el Mundo de la Literatura de Horror, junto al de los otros Grandes. Era un autor joven, con muy buenos argumentos y un gran talento para la pluma. Su llegada fue como un bofetón en pleno rostro a algunos anquilosados escritores de best sellers, que insufló aire y transfundió sangre nueva a un género de narrativa que siempre está falto de renovación y de ideas originales. Todo fueron buenas críticas, grandes esperanzas y alusiones de un futuro prometedor. Barker había llegado para quedarse.

   En 1988 ve la luz "Cabal", uno de sus más conseguidos trabajos largos; se pone en marcha una de sus dos interesantísimas sagas mitológicas: la de las Razas de Noche. Fundiendo el gusto por lo deforme, el sexo raro y los misterios de la carne con el germen de las leyendas y cuentos de toda la vida, la magia de las narraciones primitivas acerca de monstruos y seres de la noche, crea un universo particular de bestias desarrapadas con corazón humano, las también llamadas Tribus Perdidas, aquellos seres antaño perseguidos y defenestrados por los humanos "normales"- llamados Naturales por los miembros de las Razas- que ahora viven apartados, escondidos como cualquier otro pueblo perseguido, en su ciudad subterránea de Midian.

   El propio Barker dirigió en 1990, a la vista de los pobres resultados obtenidos por las dos primeras adaptaciones de escritos suyos a la pantalla ( "Underworld" y "Rawhead Rex", ambas dirigidas por George Paulou), y después de la excelente "Hellraiser"; una versión cinematográfica fiel hasta la médula a su novela: "Nightbreed", en la que los monstruos cobran vida ante nuestros asombrados ojos. Una película oscura y desmesurada, que parece querer abarcar más de lo que realmente nos ofrece, y no consigue estar a la altura de su predecesora cenobita, pero no deja de ser una inquietante y mágica puesta en imágenes de las ideas del obsesivo Barker.

La relación del escritor y autor teatral Clive Barker con el cine es larga, y no siempre sencilla y satisfactoria. Su inicio fue un díptico de cortos experimentales. Por un lado, dirigió Salome en 1973, visión muy sui generis del mito bíblico ya abordado por otro homosexual famoso, Oscar Wilde, y donde ya colaboró su viejo conocido Doug Bradley. El otro corto fue The Forbidden, iniciado en 1975 y no finalizado hasta 1978 por motivos económicos; pese al título, nada tiene que ver con el relato homónimo publicado en sus Books of Blood, aunque algunas obsesiones temáticas de nuestro hombre ya aparecen. Como curiosidad resaltemos que el film está montado en negativo, lo cual ha dado lugar a muchas especulaciones metafísicas por parte de diversos estudiosos, cuando la razón no era otra que no hubo dinero para positivar la película: ello concede una textura inquietante a las imágenes de un hombre al que se le arranca la piel a tiras. Nuevamente, Doug Bradley vuelve a acompañar tras la cámara al joven cineasta.

Su relación con el cine profesional se inicia con el film Underworld/Transmutations [vd: Mundo subterráneo], dirigido por George Pavlou en 1985 a partir de un guión original del propio Barker, ambientado en un futuro apocalíptico donde no para de llover, y en el que participan intérpretes como el gran Delholm Elliott, Steven Berkoff o Miranda Richardson. Pavlou volverá a ser quien lleve a Barker al cine con Rawhead Rex [tv/vd: Rawhead Rex, 1987], adaptación del relato homónimo aparecido en los Books of Blood, conocido en España como "Rex, el hombre lobo", y que guioniza el propio Barker variándolo ostensiblemente. Pese a todo, parece ser que el escritor de Liverpool no quedaba contento de cómo su obra era trasladada al cine, y su amigo Doug Bradley le sugirió que si quería fidelidad no le quedaba otro recurso que proporcionársela él mismo.

Así pues Barker da el salto a la dirección con Hellraiser - Los que traen el infierno (Hellraiser) en 1987. Ese mismo año había aparecido una antología de relatos en Inglaterra y Estados Unidos titulada Night Visions, donde figuraba una novela corta titulada "Hellbound Heart"1. Barker tomó esa historia y, a partir de ella, escribió un guión notoriamente fiel al original, y optó por dirigir él mismo la película. Si bien legalmente el film es inglés, se firma un contrato de distribución con la norteamericana New World, quienes exigen ciertas imposiciones. Una de ellas era una banda sonora conformada por canciones heavy, pero Barker había oído una partitura del compositor Christopher Young en una película de serie Z e insistía en su incorporación al proyecto; no cabe duda que uno de los motivos del éxito fue la impresionante soundtrack que aportó al film, en especial ese Vals del Horror que pasó a ser leit motiv de la saga. El reparto lo ofreció a actores británicos con oficio, pero poco conocidos hasta el momento, lanzando a la fama con mayor o menor fortuna a sus intérpretes; no se olvidó de su buen amigo Doug Bradley y le ofreció un papel muy secundario pero significativo, el de Pinhead, el líder de los cenobitas que traen el placer a través del dolor a aquellos por quienes son invocados, y que a lo largo de la saga irá cobrando más importancia.

Barker incorpora al film algunas obsesiones que estaban ya en su obra literaria -amén de, lógicamente, en la historia que da origen al film-: amores tortuosos, basados en pulsiones sadomasoquistas, imaginería de cuero y cadenas..., pero, principalmente, también tiene plasmación aquí una característica llamativa de sus escritos: Si en su obra literaria juega de forma atrayente con una alternancia entre lo sutil y lo directo, la sugerencia y la explicitud, en Hellraiser también se manifiesta esta particularidad: no duda en mostrar de forma rotunda la creación del Neo-Frank, a base de líquidos hirvientes y purulentos; sin embargo, cuando éste se alimenta de sus víctimas, pide a Julia que se vaya, que no mire, e inclusive la cámara esquiva la mirada pudorosamente; es como si Frank no deseara ser visto haciendo sus necesidades

Hellraiser es una película apta sólo para estómagos curtidos, pues es bastante generosa en violencia y sangre. Pero más gore aún es su continuación, Hellbound (Hellbound: Hellraiser II. Tony Randel, 1988), en la que de este lado del infierno permanecen Julia y su hija; y del otro, los cenobitas Pinhead, Butter, Female y Chatter se convierten en verdaderos protagonistas de un espectáculo sanguinolento que ya no se desarrolla sólo en nuestra realidad, sino en la propia dimensión infernal de la que proceden los cenobitas y la caja-puerta que los trae. Esa puerta fascina a un nuevo personaje, el Doctor Channard, dispuesto a todo con tal de dejar vía libre a los cenobitas y su oferta de placer y dolor sin límites.

También resulta interesante el mundo que Barker refleja en su film: se trata de Londres, pero un Londres sutilmente disímil; no sólo la casa que heredan de Frank es sórdida, sucia y malsana, donde bullen insectos sobre los platos, y las ratas corretean por el piso superior sin que a nadie parezca importarle; la primera visión que tenemos de Kirsty es paseando por un muelle inmundo, abandonado, y cuando se besa con el chico que la pretende lo hace en unos soportales lóbregos y enfermizos, y hasta el hospital donde es internada no sólo es mugriento, sino que a través de sus propias paredes se puede incursionar a otros pliegues existenciales donde moran horrores primigenios -el hospital como antesala de un mundo alterno de terrores innombrables es explotado más aún en la segunda entrega de la saga-; de hecho, el único sitio normal que es mostrado en el film es el bar donde Julia acude a ligar y conseguir de ese modo alimento para su Frank...

Pero, como es bien sabido, lo fundamental de esta película fue la creación de un elemento iconográfico nuevo del cine de horror, los cenobitas y su líder, Pinhead (Cabeza de Clavos, podría decirse). Los cenobitas existieron realmente, siendo unos monjes que vivían en comunidad, bajo una regla y un abad, &laqno;no viviendo a su arbitrio ni obedeciendo a sus deseos y apetitos, sino caminando según el criterio e imperio ajenos», en palabras de San Benito; Barker invierte los términos y los convierte en &laqno;demonios para unos, ángeles para otros», moradores de las Regiones del Dolor, a quienes se puede acceder por un extraño cubo de Rubik denominado La Configuración del Lamento, y que, de acuerdo a cierta posición, abre las puertas interdimensionales para que estos ángeles-demonios accedan a nuestra realidad.

El éxito del film fue rotundo, y una secuela era de esperar. Sin embargo, la realización no corrió a cargo de Barker -quien, posiblemente, deseaba ya explorar otros mundos-, y pasó el testigo a Tony Randel, montador a la sombra en la primera entrega y en cuyos créditos se le otorgaban agradecimientos especiales, quien dirige ahora Hellbound: Hellraiser II (Hellbound: Hellraiser II, 1988). En lo que respecta al guión, tampoco fue debido al escritor, sino a Peter Atkins, conocido de aquél y en cuyo conocimiento sobre el mundo barkeriano confiaba. Pese a que Atkins adorna el guión con alusiones directas a diálogos concretos del primer film ("Ven con papaíto", "No es nada personal"), se toma ciertas libertades; así, en la entrega anterior la casa de Frank acaba reducida a escombros humeantes, mientras que aquí se conserva intacta para que pueda ser hallado un colchón (!) sobre el cual murió Julia, y proceder a su retorno. Atkins incorpora elementos muy sugestivos, en particular esa muchacha semi-autista, refugiada en un mundo de rompecabezas -acaso para recomponer algo de su mundo particular-, o un hospital psiquiátrico lóbrego y enfermizo, poblado de inmensas cañerías siempre supurantes, y que semeja una mezcla entre el manicomio de la magistral Frankenstein and the Monster from Hell [tv/vd/dvd: Frankenstein y el monstruo del infierno, 1973], dirigida por Terence Fisher para la Hammer, y el Arkham Asylum de los comics de Batman -y del excepcional álbum homónimo ilustrado por Dave McKean y escrito por Grant Morrison (1989)-.

Pero también existen ciertos elementos desdibujados, de un desarrollo inacabado o directamente confuso; así, el mundo cenobítico donde incursionarán Kirsty y Tiffany se escuda en una cierta imaginería surrealista tan atractiva como carente de soporte narrativo: los flashes con que se nos ilustran los traumas de Tiffany en absoluto aclaran lo sucedido con la muchacha, la gratuita muerte de algunos cenobitas de manos de un neófito en esas lides semeja precipitada y, en suma, se percibe con claridad que la película está recortada, perdiendo coherencia narrativa -la copia más completa que existe/existía era de 108 minutos, y uno ha accedido a una versión que rozaba los escasos 90 minutos-. Con todo, esa sugestiva imaginería que decíamos, la ampliación de ciertos datos respecto a Pinhead -aquí mostrado sin clavos en un prólogo vestido de militar y accediendo al mundo de La Configuración del Lamento-, ese aura malsano del hospital, contrastado con el soplo bucólico de los exteriores del lugar, o la atmósfera clínica de la mansión del doctor, confieren cierto nervio a esta curiosa primera secuela



El inicio del declive comienza con la tercera entrega, Hellraiser III: Infierno en la Tierra (Hellraiser III: Hell On Earth, 1992). Con producción ya netamente americana -Miramax, a través de su sub-filial fantastique Dimension-, la realización corre a cargo del muy discreto Anthony Hickox, a partir de un guión escrito de nuevo por Peter Atkins -también presente, como actor, en los inicios barkerianos, interpretando a Fausto en la referida The Forbidden-, que traslada la acción a Nueva York. Allí, las pertenencias del doctor Channard han ido a parar a una galería de arte (!!), y son adquiridas por el macarra dueño de una discoteca, que adorna ésta con los variados objetos de la colección, salvo la Columna de la Aflicción, que coloca en su propio apartamento adosado al local. Finalmente, su sangre servirá para extraer de la Columna a Pinhead, allí condenado desde el anterior film.

El guión de Atkins ocupa gran parte del metraje en lastrar la acción, en vista de que la idea no da mucho de sí, y trata de animarla por medio de un sinfín de explosiones, sacar a los cenobitas a la calle, y hacer a éstos soltar frasecitas; en el camino se queda la exploración interna de traumas y frustraciones -salvo la titubeante angustia de la heroína por la muerte en Vietnam de un padre al que no conoció-, y se sustituye por una verbena pirotécnica y una banda sonora saturada de canciones heavy, algo a lo que Barker siempre se negó. Quedan unos discretos apuntes, como situar al capitán Elliot Spencer, la encarnación humana de nuestro monstruo, en la Primera Guerra Mundial, la sugestiva burla que perpetra Pinhead en una iglesia, parodiando a Cristo y después obligando al sacerdote a comulgar comiendo su carne -escena que remite a la citada película Rawhead Rex, cuando el Coco bautiza al sacristán orinándole encima-, o el magistral plano final, que no desvelaremos por si alguien aún no lo conoce.

img2.gifSi las películas que hemos citado sufrieron notorias amputaciones, la que sigue fue aún más masacrada. Con el título de Hellraiser IV: Bloodline Story, el maestro en efectos especiales Kevin Yagher debutó en la realización con este film de sketches cuya primera larga historia se ambientaba en la época de María Antonieta; con una duración de 110 minutos, la productora, por algún motivo, no quedó contenta con los resultados. Se amputó, pues, notoriamente el film, dejando ese primer sketch en un precipitado prólogo/flash-back, y se contrató al realizador Joe Chapelle -interesante director, responsable de algunos curiosos films como Halloween: La maldición de Michael Myers (Halloween: The Curse of Michael Myers, 1995), Phantoms (Phantoms, 1998) o Vlad [vd/dvd: Vlad, 2001]- para rodar nuevas escenas que dieran coherencia al desaguisado y, finalmente, con 83 minutos, se estrenó como Hellraiser: Bloodlines2 (1995) bajo el seudónimo habitual de Alan Smithee.

El original seguía un orden cronológico, pasando del siglo XVII al presente, para finalizar en el siglo XXII. La nueva versión arranca en el futuro, y un personaje narrará lo acontecido con anterioridad, para por medio de su voz en off intentar otorgar cierta coherencia a las lagunas provocadas por la masacre en el montaje. Y es una lástima, porque, en vista de los resultados, semejaba que Atkins -de nuevo el guionista- intentaba otorgar algo de más solidez al producto, explorando el mundo cenobítico en sus orígenes; además, la espantosa banda sonora heavy de la previa es ahora reemplazada por una atmosférica partitura de Daniel Licht, que rememora con cierta habilidad las composiciones originales de Young. Pues Atkins nos sitúa en los inicios de la creación del cubo cenobítico, encargado por el duque de l'Isle -de inequívoca esencia sadiana-, cuyas artes hacen invocar a la primera cenobita, que iniciará su captación de víctimas humanas no por medio del dolor, sino de una angelical seducción: significativamente, su nombre es Angelique. Las tres historias no son sketches independientes, sino que se hallan interconectados entre ellos; así, la narración que transcurre en el presente brinda a un descendiente del constructor del cubo, asaltado por pesadillas que rememoran a sus ancestros, e impelido a la creación de una especie de anti-cubo, que combatiría a los demonios cenobitas, mientras Pinhead procura que lo que el arquitecto construya no sea sino un gran mega-cubo (alusión al final de la previa), que traería, definitivamente, el Infierno a la Tierra.

En el futuro, por último, un nuevo descendiente, obrando en una inmensa nave espacial por él construida, procurará dar fin la dinastía sangrienta.

Yagher realizador plantea la historia plasmando visualmente la contienda entre las luces y sombras del argumento, efectuando un tratamiento de claroscuros, rivalizando las imágenes entre sí en afinidad con los personajes. Nuevos subrayados sutiles, en referencia a los anteriores films, se dejan ver en estos, como el untarse los labios con sangre o Pinhead crucificado emulando a Cristo. Sin embargo, el caótico y confuso montaje convierte lo que podría haber devenido en la mejor de las secuelas de Hellraiser en un collage desorientador y casi esperpéntico.

La siguiente entrega será Hellraiser V: Inferno [vd: Hellraiser: Inferno, 2000], de Scott Derrickson, y la que será, hasta el momento, la peor de todas. Pese a las limitaciones de las previas, a partir de aquí es cuando se utilizan ya los elementos de un modo formulario, como ingredientes de una receta que hay que ir explotando del modo que sea; es a partir de este, también, que la saga se rueda directamente para vídeo, aunque también el presente film ofrece un elegante formato panorámico. Curiosamente, el protagonista es Craig Sheffer, también presente en Razas de noche (Nightbreed, 1989), de Clive Barker, en un intento, quizá, de conectar la película con el padre creador; sin embargo, diríase que hasta aquí llega el vínculo. Lo que, en realidad, se ha efectuado es un gratuito ejercicio cinéfilo, así el film es más bien un monstruo de Frankenstein con piezas de David Cronenberg, muchas ideas argumentales y estéticas de La escalera de Jacob (Jacob's Ladder, 1990), de Adrian Lyne, inmerso todo ello en el universo de David Lynch -inclusive un personaje es una copia literal del Vaquero de Carretera perdida (Lost Highway, 1996), aquí llamado el Ingeniero-; incluso, en un par de momentos de lo más carcajeantes, el protagonista emula al Humphrey Bogart de El motín del Caine (The Caine Mutiny, 1954).

Todo ello para narrar la historia de un policía aficionado a la magia, corrupto y que se va de putas dejando en casa a una esposa y una hija amantes, un policía que habrá de vivir un infierno cíclico enfrentándose a las responsabilidades de las cuales ha huido, en una búsqueda no del dolor a través del placer -aun con las mecánicas alusiones al piercing y al sadomasoquismo, meros apuntes, como casi todas las ideas que brotan de forma recurrente para irse luego olvidando-, sino de la propia redención; las pocas apariciones de Pinhead, pues, más que como un demonio se presenta como los fantasmas internos que hay que vencer para lograr la paz interna. Este engendro pretencioso y torpe, pues, es la antítesis de lo que representaba hasta el momento el universo de Hellraiser; es la lastimosa caída en los abyectos brazos de la moralina hollywoodiense más ramplona.

Hellraiser VI: Hellseeker (2002), de Rick Bota, comienza con la cita de Dante que encabezaba este artículo, y supone una especie de vampirización del desarrollo de la previa, de manera menos pretenciosa, pero también más convencional. Kirstie regresa de nuevo, tras la primera y segunda entregas; ahora está casada, pero viajando en coche con su marido sufren un accidente y caen al río; él logra escapar y ella es dada por desaparecida. A partir de ahí, el marido intentará rehacer su vida cotidiana, mientras es asaltado por visiones y pesadillas. De una forma mecánica y repetitiva se van desarrollando situaciones, como decíamos muy deudoras del anterior film; con todo, cabe resaltar positivamente cierto sentido escenográfico -el apartamento mísero del marido, muy en desacuerdo con el empleo que parece disfrutar, o los subsótanos de la comisaría-. Ello no es suficiente para dotar de vida al film, que se hace monótono y aburrido. Curiosamente, cabría resaltar que esta película y la previa, aún siendo ya realizadas para vídeo y de forma manufacturera, son enfocadas más como unas elucidaciones metafóricas que genéricas, lo cual cabría conjeturar que las hace poco comerciales.

Tras ese desarrollo, al final se nos ofrece una vuelta de tuerca sorprendente, y que va en contraposición con lo que decíamos de su dependencia con la previa entrega; con todo, no especificaremos ese elemento por si el lector tiene posibilidad de ver el film (lo cual tampoco es muy aconsejable)

Esta película está dirigida por Rick Bota, quien también se ha hecho cargo de las dos siguientes cintas de la saga, aún inéditas.

En el momento de escribir estas líneas, Hellraiser VIII: Hellworld se halla en fase de postproducción, y cuenta en su reparto con el gran Lance Henriksen. He aquí una somera sinopsis: &laqno;Pinhead regresa para aterrorizar a unos hackers que han abierto una Configuración del Lamento virtual en la website llamada Hellworld.com».

Y aún en rodaje -en tierras de Rumanía- se halla la octava película de la saga, Hellraiser VII: Deader, ahora con el excelente Paul Rhys (From Hell) y Kari Wuhrer (Thinner, Salto al infinito). Su trama es como sigue: &laqno;Un periodista descubre un grupo clandestino capaz de resucitar a los muertos, y lentamente va entrando en ese mundo». No cabe duda: aún tenemos a Cabeza de Clavos para rato...

Hellraiser IV: Bloodline USA 1995. D: Alan Smithee [i. e.: Kevin Yagher y Joe Chappele]. P: Nancy Rae Stone para Dimension/Miramax/Transatlantic. PE: Clive Barker, Paul Rich, C. Casey Bennett. G: Peter Atkins [y Rand Ravish]. F: Gerry Lively, [Thomas L. Callaway, Tony Palmieri]. M: Daniel Licht. FX: Gary Tunicliffe, Image Animation, K. Yagher (Maq.). MO: Rod Dean. I: Bruce Ramsay (Philip L'Merchant/John Merchant/Dr. Paul Merchant), Valentina Vargas (Angelique), Doug Bradley (Pinhead), Charlotte Chatton (Genevieve L'Merchant), Adam Scott (Jacques), Kim Myers (Bobbi Merchant), Mickey Cotrell (Duc de l'Isle), Louis Turenne (Auguste), Courtland Mead, Louis Mustillo, Jody St. Michael, Paul Perri, Pat Skipper. 83/110' C 1.85:1.

Hellraiser V: Inferno [vd: Hellraiser: Inferno]. USA 2000. D: Scott Derrickson. P: Dimension/Miramax/Neo Art & Logic. PE: Bob Weinstein, Harvey Weinstein. G: Scott Derrickson, Paul Harris Boardman. F: Nathan Hope. M: Walter Werzowa. FX: Gary J. Tunnicliffe, Barbara Wilder (Maq.). MO: Kirk M. Morri. I: Craig Sheffer (Joseph Thorne), Nicholas Turturro (Tony Nenonen), James Remar (Dr. Paul Gregory), Doug Bradley (Pinhead), Nicholas Sadler (Bernie), Noelle Evans (Melanie), Matt George (Leon), Kathryn Joosten, Carmen Argenziano, Sasha Barrese. 99' C 1.85:1.

Hellraiser VI: Hellseeker. USA 2002. D: Rick Bota. P: Michael Leahy, Ron Schmidt para Dimension/Miramax/Neo Art & Logic/Cold Day Ltd. PE: Joel Soisson. G: Carl V. Dupré, Timothy F. Day. F: John Drake. M: Stephen Edwards. FX: Gary J. Tunnicliffe (maquillajes), Jamison Scott Goei (supervisor ef. visuales). MO: Anthony Adler, Lisa Mozden. I: Dean Winters (Trevor), Ashley Laurence (Kirsty Cotton), Doug Bradley (Pinhead), Ken Camroux (Ambrose), William S. Taylor (detective Michael Lange), Trevor White (Bret Spiner), Sarah-Jane Redmond (Gwen Stevens), Jody Thompson (Tawny), Kaaren de Zilva (Sage), Michael Rogers (detective Mitch Givens), Dale Wilson, Sarah Hayward, Nancy J. Lilley, Gus Lynch. 90' C 1.85:1.

Hellraiser VII: Deader. USA/Rumanía 2004. D: Rick Bota. P: Ron Schmidt para Dimension/Miramax. PE: Nick Phillips. G: Timothy F. Day, Neal Stevens. FX: Gary J. Tunnicliffe (maquillajes), Jamison Scott Goei (supervisor ef. visuales). I: Doug Bradley (Pinhead), Paul Rhys (Winter), Kari Wuhrer (Amy Klein), Georgina Rylance (Marla), Marc Warren (Joey). C. [En rodaje].

Hellraiser VIII: Hellworld. USA 2004. D: Rick Bota. P: Ron Schmidt para Dimension/Miramax. PE: Nick Phillips. G: Carl V. Dupré. F: Gabriel Kosuth. M: Lars Anderson. FX: Gary J. Tunnicliffe (maquillajes), Jamison Scott Goei (supervisor ef. visuales). I: Doug Bradley (Pinhead), Katheryn Winnick (Chelsea), Lance Henriksen (El Anfitrión), Henry Cavill (Mike), Christopher Jacot (Jake), Khary Payton (Derrick), Anna Tolputt (Allison), Victor McGuire, Michael Regan, Dave Robinson, Gary J. Tunnicliffe. C. [En post-producción].

La aportación de Clive Barker al cine fantástico no se detiene, ni mucho menos en Hellraiser. En 1990 firmó una excelente historia de vampiros y mutantes posmodernos, Razas de noche ( Nightbreed. Clive Barker, 1990). En ella lo sobrenatural es una excusa, pues Midian, la tierra extraña plagada de seres infernales a la que llega el protagonista, no es más que un lugar soñado en las pesadillas que en él provoca un psiquiatra que pretende culparle de una serie de horribles crímenes. Por cierto, el psiquiatra no es otro que David Cronenberg.

Cinco años más tarde dirigió y escribió Lord of Illusions (Lord of Illusions. Clive Barker, 1995). Barker hizo una mala película de un buen relato que él mismo había escrito. Es cine negro sobrenatural, con un protagonista inspirado en el ilusionista David Copperfield.

Como guionista hay que añadir a su obra Underworld (Underworld. George Pavlou, 1985) y Rawhead Rex (Rawhead Rex. George Pavlou, 1986), ambas dirigidas por un incompetente George Pavlou mediados los ochenta, pero su producto más conocido es Candyman (Candyman. Bernard Rose, 1992)—ya sabes, no pronuncies su nombre cinco veces—, una vuelta de tuerca a la leyenda del hombre del saco. En los últimos años, además de hacer lo que mejor sabe, escribir historias de terror, lo más destacado que le debemos a Barker es la producción de Dioses y Monstruos (Gods and Monsters. Bill Condon, 1998).