CONTROLAR EL
FUTURO

Los seres humanos siempre han querido controlar el
futuro o, al menos, predecir lo que va a ocurrir. Por eso la astrología es tan
popular. Según ella, lo que pasa en la Tierra está relacionado con los
movimientos de los planetas en el firmamento. Esto es una hipótesis que puede
ser sometida a prueba científicamente, o lo sería si los astrólogos se
comprometieran y formularan predicciones definidas que pudieran ser
comprobadas. Sin embargo, con considerable astucia, expresan siempre sus
predicciones en términos tan vagos que pueden ser aplicados a cualquier cosa
que ocurra. Nunca se puede demostrar que predicciones como «sus relaciones
personales pueden intensificarse» o «se le presentará una oportunidad
financieramente interesante» sean erróneas.
Pero el motivo real por el que los científicos no
creen en la astrología no es la presencia o la ausencia de evidencias
científicas acerca de ella, sino que no resulta consistente con otras teorías
que han sido comprobadas experimentalmente. Cuando Copérnico y Galileo
descubrieron que los planetas giran alrededor del Sol y no de la Tierra, y
Newton formuló las leyes que rigen sus movimientos, la astrología perdió toda
su credibilidad. ¿Por qué deberían las posiciones de los planetas en el
firmamento vistas desde la Tierra, tener correlación alguna con las
macromoléculas de un planeta menor que se autodenominan vida inteligente? Es
esto lo que la astrología nos quisiera hacer creer. Para algunas de
las teorías físicas actuales no hay más evidencia experimental que para la
astrología, pero creemos en ellas porque son consistentes con teorías que han
superado numerosas pruebas experimentales.
El éxito de las leyes de Newton y de otras teorías
físicas condujo a la idea del determinismo científico, que fue expresada por
primera vez a comienzos del siglo XIX por un científico francés, el marqués de
Laplace. Laplace sugirió que si conociéramos las posiciones y las velocidades
de todas las partículas del universo en un instante, las leyes de la física nos
deberían permitir la predicción de cuál será el estado del universo en
cualquier otro instante del pasado o del futuro.
En otras palabras, si se cumple el determinismo
científico, deberíamos poder, en principio, predecir el futuro y no
necesitaríamos la astrología. Naturalmente, en la práctica, incluso algo tan
simple como la teoría de la gravitación de Newton conduce a ecuaciones que no
podemos resolver exactamente para más de dos partículas. Además, las ecuaciones
presentan a menudo una propiedad conocida como caos, según la cual un pequeño
cambio en la posición o la velocidad en un instante dado puede conducir a un
comportamiento completamente diferente en instantes posteriores. Una
perturbación diminuta en un lugar puede provocar un cambio importante en otro:
el aleteo de una mariposa en Tokyo puede hacer que llueva en el parque central
de Nueva York. El problema radica en que la secuencia de acontecimientos no es
repetible. La siguiente vez que la mariposa aletea, un cúmulo de otros factores
que también influirán en el clima serán diferentes.
Esta es la razón de que las predicciones del tiempo resulten tan poco fiables.
Así pues, aunque en principio las leyes de la
electrodinámica cuántica nos deberían permitir calcular cualquier cosa de la
química y la biología, no hemos logrado mucho éxito en la predicción del
comportamiento humano a partir de ecuaciones matemáticas. Pero a pesar de estas
dificultades prácticas, la mayoría de científicos se han hecho a la idea de
que, de nuevo en principio, el futuro es predecible.
A primera vista, el determinismo también parece
amenazado por el principio de incertidumbre, que establece que no podemos medir
con precisión la posición y la velocidad de una partícula simultáneamente.
Cuanto mayor es la precisión con que medimos la posición, menor será la
precisión con que podamos determinar la velocidad, y viceversa. La versión de
Laplace del determinismo científico sostenía que si conociéramos las posiciones
y las velocidades de las partículas en un instante dado, podríamos determinar
sus posiciones y velocidades en cualquier otro instante del pasado y del
futuro. Pero ¿cómo podríamos ni siquiera empezar si el principio de
incertidumbre nos impide conocer con precisión las posiciones y las velocidades
en un instante? Por buenos que sean nuestros ordenadores, si les introducimos
datos imprecisos, obtendremos predicciones también imprecisas.
Sin embargo, el determinismo no murió del todo sino
que, de cierta manera, fue restablecido en una forma modificada en la mecánica
cuántica, que incorporaba el principio de incertidumbre. Hablando con
cierta impropiedad, diríamos que en la mecánica cuántica podemos predecir con
precisión la mitad de lo que podríamos esperar predecir en la perspectiva
clásica de Laplace. En la mecánica cuántica, una partícula no tiene una posición o una
velocidad bien definidas, pero su estado puede ser representado mediante
lo que se llama la función de onda.
Una función de onda es un número en cada punto del
espacio que indica la probabilidad de hallar la partícula en dicha posición. La
tasa de variación de la función de onda con la posición indica la probabilidad
de diferentes velocidades de la partícula. Algunas funciones de onda tienen un
pico muy agudo en un punto particular del espacio. En estos casos, la
incertidumbre en la posición de la partícula es pequeña. En estos casos, la
función de onda cambia muy rápidamente en las proximidades del punto, hacia
arriba en un lado y hacia abajo en el otro. Ello significa que la distribución
de probabilidad de la velocidad se esparce en un dominio amplio de valores
posibles.
En otras palabras, la incertidumbre en la velocidad
es elevada. Consideremos, en cambio, un tren continuo de ondas. Ahora hay una
gran incertidumbre en la posición, pero la incertidumbre en la velocidad es
pequeña. Por ello, la descripción de una partícula mediante la función de onda
no supone una posición ni una velocidad bien definidas, sino que satisface el
principio de incertidumbre. Sabemos ahora que la función de onda es todo cuanto
puede ser bien definido. Ni siquiera podemos suponer que la partícula tiene una
posición y una velocidad que Dios conoce pero que nos permanecen ocultas. Las
teorías de «variables ocultas» predicen resultados que discrepan de las observaciones.
Incluso
Dios está limitado por el principio de incertidumbre y no puede saber la
posición y la velocidad, sino sólo la función de onda.
La tasa con que la función de onda cambia con el
tiempo viene dada por lo que se llama la ecuación de Schrödinger. Si conocemos
la función de onda en un instante, podemos utilizar dicha ecuación para
calcularla en cualquier otro instante, pasado o futuro. Por lo tanto, en la
teoría cuántica todavía hay determinismo, aunque a una escala reducida. En vez
de poder predecir las posiciones y las velocidades, sólo podemos
predecir la función de onda. Ésta nos permite predecir o las posiciones o las
velocidades, pero no ambas con precisión. Por lo tanto, en la teoría cuántica
la capacidad de efectuar predicciones precisas es justo la mitad que en la
visión clásica de Laplace. Sin embargo, en este sentido restringido, todavía es
posible sostener que hay determinismo.
Sin embargo, el uso de la ecuación de Schrödinger para
estudiar la evolución de la función de onda hacia adelante en el tiempo (es
decir, para predecir lo que pasará en instantes futuros) supone implícitamente
que el tiempo fluye con suavidad e indefinidamente. Ciertamente es
así en la física newtoniana, en la cual el tiempo se supone absoluto, lo que
significa que cada acontecimiento de la historia del universo está etiquetado
con un número llamado tiempo, y que la serie de etiquetas temporales se
extiende suavemente desde el pasado infinito al futuro infinito. Esto es lo que
podríamos llamar la visión del tiempo según el sentido común, y es la visión
que, en el fondo de su mente, tiene del tiempo la mayoría de la gente e incluso
la mayoría de los físicos. Sin embargo, en 1905 el concepto de tiempo absoluto
fue destronado por la teoría especial de la relatividad, en que el tiempo no es
ya una magnitud independiente, sino sólo una dirección más en un continuo
cuatridimensional llamado espacio-tiempo. En la relatividad especial,
diferentes observadores que se muevan con diferentes velocidades seguirán
caminos diferentes en el espacio-tiempo. Cada observador tiene su propia medida
del tiempo a lo largo de su camino, y diferentes observadores medirán
diferentes intervalos temporales entre sucesos.
Así pues, en la relatividad especial no hay un único
tiempo absoluto que pueda ser utilizado para etiquetar los acontecimientos. Sin
embargo, el espacio-tiempo de la relatividad especial es plano, lo que
significa que en esta teoría el tiempo medido por cualquier observador que se
mueva libremente aumenta suavemente en el espacio-tiempo desde menos infinito
en el infinito pasado hasta más infinito en el futuro infinito. Podemos
utilizar en la ecuación de Schrödinger cualquiera de estas medidas del tiempo
para estudiar cómo evoluciona la función de onda. En la relatividad especial,
por lo tanto, todavía tenemos la versión cuántica del determinismo.
La situación es diferente en la teoría general de la
relatividad, en la cual el espacio-tiempo no es plano sino curvado y
distorsionado por su contenido en materia y energía. En nuestro sistema solar,
la curvatura del espacio-tiempo es tan ligera, al menos a escala macroscópica,
que no interfiere con nuestra idea usual del tiempo. En esta situación, todavía
podríamos utilizar este tiempo en la ecuación de Schrödinger para obtener la evolución
determinista de la función de onda. Sin embargo, una vez permitimos que el
espacio-tiempo esté curvado, queda abierta la puerta a la posibilidad de que
tenga una estructura que no admita un tiempo que aumente continuamente para
todos los observadores, como esperaríamos para una medida temporal razonable.
Por ejemplo, supongamos que el espacio-tiempo fuera
como un cilindro vertical.
La altura en el cilindro constituiría una medida del
tiempo que aumentaría para cada observador y transcurriría desde menos infinito
a más infinito. Imaginemos, en cambio, que el espacio-tiempo fuera como un
cilindro con una asa (o «agujero de gusano») que se
ramificara y después volviera a juntarse con el cilindro. En este caso,
cualquier medida del tiempo presentaría necesariamente puntos de estancamiento
donde el asa toca el cilindro: puntos en que el tiempo se detiene. En ellos, el
tiempo no aumentaría para ningún observador. En este espacio-tiempo, no
podríamos utilizar la ecuación de Schrödinger para obtener una evolución
determinista de la función de onda.
Los agujeros negros son el motivo que nos lleva a
creer que el tiempo no aumentará para cada observador. El primer tratado sobre
agujeros negros apareció en 1783. Un antiguo catedrático de Cambridge, John
Michell, presentó el siguiente argumento: si disparamos una partícula, como por
ejemplo una bala de cañón, verticalmente hacia arriba, su ascenso será frenado
por la gravedad y al fin la partícula dejará de subir y empezará a caer de
nuevo. Sin embargo, si la velocidad inicial hacia arriba supera un cierto valor
crítico llamado velocidad de escape, la gravedad no será suficientemente
intensa para detener la partícula, y ésta se perderá en el espacio. La
velocidad de escape vale unos 10 kilómetros por segundo para la Tierra y unos
100 kilómetros por segundo para el Sol.
Estas dos velocidades de escape son mucho mayores
que la velocidad de las balas de cañón reales, pero resultan pequeñas en
comparación con la velocidad de la luz, que vale 300.000 kilómetros por segundo.
Por lo tanto, la luz puede escapar sin dificultad de la Tierra y del Sol.
Michell arguyó, sin embargo, que podría haber estrellas cuya masa fuera mucho
mayor que la del Sol y tuvieran velocidades de escape mayores que la velocidad
de la luz. No las podríamos ver, porque la luz que emitieran sería frenada y
arrastrada hacia atrás por la gravedad de la estrella. Serían lo que Michell
llamó estrellas negras y hoy denominamos agujeros negros.
La idea de Michell de las estrellas negras estaba
basada en la física newtoniana, en la cual el tiempo es absoluto y sigue
fluyendo pase lo que pase. Por lo tanto, no afectaba la capacidad de predecir
el futuro en la imagen clásica newtoniana. Pero la situación es muy diferente
en la teoría general de la relatividad, en que los cuerpos con masa curvan el
espacio-tiempo.
En 1916, poco después de la primera formulación de
la teoría, Karl Schwarzschild (que murió poco después como consecuencia de una
enfermedad contraída en el frente ruso en la primera guerra mundial) obtuvo una
solución de las ecuaciones de campo de la relatividad general que representaba
un agujero negro. Durante muchos años, el descubrimiento de Schwarzschild no
fue comprendido ni valorado en lo que merecía. El mismo Einstein nunca creyó en
los agujeros negros, y su actitud fue compartida por la mayor parte de
la vieja guardia de la relatividad general.
El descubrimiento de los quásares en 1963 originó
una explosión de trabajos teóricos sobre agujeros negros y de intentos
observacionales para detectarlos. He aquí la imagen que emergió de todo ello.
Consideremos lo que creemos que sería la historia de una estrella con una masa
veinte veces la del Sol. Tales estrellas se forman a partir de nubes de gas,
como las de la nebulosa de Orión. A medida que dichas nubes se contraen bajo la
acción de su propia gravedad, el gas se calienta y al final llega a temperatura
suficientemente elevada para iniciar la reacción de fusión nuclear que
convierte hidrógeno en helio. El calor generado en este proceso produce una
presión que sostiene la estrella contra su propia gravedad y detiene su
contracción. Una estrella permanecerá en este estado durante un largo tiempo,
quemando hidrógeno y radiando luz al espacio.
El campo gravitatorio de la estrella afectará las
trayectorias de los rayos de luz procedentes de ella. Podemos trazar un
diagrama con el tiempo en el eje vertical y la distancia al centro de la
estrella en el eje horizontal. En este diagrama, la superficie de la estrella
está representada por dos líneas verticales, una a cada lado del eje. Podemos
expresar el tiempo en segundos y la distancia en segundos-luz, la distancia que
recorre la luz en un segundo. Cuando utilizamos estas unidades, la velocidad de
la luz es 1, es decir, la velocidad de la luz es un segundo-luz por segundo.
Ello significa que lejos de la estrella y de su campo gravitatorio, la
trayectoria de un rayo de luz en este diagrama queda representada por una recta
que forma un ángulo de 45 grados con la vertical. Sin embargo, más cerca de la
estrella, la curvatura del espacio-tiempo producida por su masa modificará las
trayectorias de los rayos luminosos y hará que formen con la vertical un ángulo
más pequeño.
Las estrellas muy pesadas queman el hidrógeno para
formar helio mucho más rápidamente que el Sol, hasta el punto que pueden agotar el hidrógeno en tan sólo unos pocos centenares
de millones de años. Tras ello, las estrellas se enfrentan a una crisis. Pueden
quemar helio y formar elementos más pesados, como por ejemplo carbono y
oxígeno, pero estas reacciones nucleares no liberan mucha energía, de manera
que las estrellas pierden calor y disminuye la presión térmica que las sostiene
contra la gravedad. Por lo tanto, empiezan a contraerse. Si su masa es mayor
que unas dos veces la masa solar, la presión nunca será suficiente para detener
la contracción. Se colapsarán a tamaño cero y a densidad infinita para formar lo que
llamamos una singularidad.
En el diagrama del tiempo en función de la distancia
al centro, a medida que la estrella se encoge, las trayectorias de los rayos
luminosos procedentes de la superficie emergerán con ángulos cada vez menores
respecto de la vertical. Cuando la estrella alcanza una cierto radio crítico,
la trayectoria será vertical en el diagrama, lo que significa que la luz se
mantendrá suspendida a una distancia constante del centro de la estrella, sin
escapar de ella. Esta trayectoria crítica de la luz barre una superficie
denominada horizonte de sucesos, que separa la región del espacio-tiempo cuya
luz puede escapar y la región de la cual no puede escapar. La luz emitida por
la estrella después de atravesar el horizonte de sucesos será devuelta hacia
adentro por la curvatura del espacio-tiempo. La estrella se habrá convertido en
una de las estrellas negras de Michell o, en términos actuales, en un agujero
negro.
¿Cómo podemos detectar un agujero negro si de él no
puede escapar ninguna luz? La respuesta es que un agujero negro sigue
ejerciendo sobre los objetos circundantes la misma fuerza gravitatoria que
ejercía el cuerpo que se colapso. Si el Sol fuera un agujero negro y se
hubiera convertido en tal sin perder masa alguna, los planetas seguirían
girando a su alrededor como lo hacen en la actualidad.
Una manera de localizar agujeros negros es por lo
tanto buscar materia que gire alrededor de lo que parece un objeto compacto e
invisible de gran masa. Se ha observado un cierto número de tales sistemas.
Quizás los más impresionantes son los agujeros negros gigantes que hay en el
centro de las galaxias y los quásares.
Las propiedades de los agujeros negros explicadas
hasta aquí no suscitan grandes problemas con el determinismo. El tiempo
terminaría para un astronauta que cayera a un agujero negro y chocara con la
singularidad. Sin embargo, en la relatividad general tenemos la libertad de medir el
tiempo con diferentes ritmos en diferentes lugares. Por lo tanto, podríamos
acelerar el reloj del astronauta a medida que se aproxima a la singularidad, de
manera que todavía registrara un intervalo infinito de tiempo. En el diagrama
del tiempo en función de la distancia, las superficies de valor constante de
este nuevo tiempo se acumularían cerca del centro, por debajo del punto donde
apareció la singularidad. Pero en el espacio-tiempo aproximadamente plano a
gran distancia del agujero negro coincidirían con la medida habitual del
tiempo.
Podríamos utilizar este tiempo en la ecuación de
Schrödinger y calcular la función de onda en tiempos posteriores si la conociéramos
inicialmente. Así pues, todavía tendríamos determinismo. Conviene subrayar, sin
embargo, que en instantes posteriores una parte de la función de onda se halla en el
interior del agujero negro, donde no puede ser observada por nadie del exterior. Por lo tanto,
un observador que no tome precauciones para no caer en el agujero negro no
puede retrotraer la ecuación de Schrödinger hacia atrás y calcular la función
de onda en momentos anteriores. Para ello, precisaría conocer la parte de ella
que hay en el interior del agujero negro. Ésta contiene la información de lo
que cayó en el interior de éste. La cantidad de información puede ser grande,
porque un agujero negro de masa y velocidad de rotación determinadas puede ser
formado a partir de un número muy elevado de diferentes conjuntos de
partículas. Un agujero negro no depende de la naturaleza del cuerpo cuyo colapso lo
ha formado. John Wheeler llamó a este resultado «los agujeros negros no tienen
pelo».

La teoría cuántica implica que los campos no pueden
ser exactamente nulos ni siquiera en lo que llamamos el vacío. Si lo fueran,
tendrían tanto un valor exacto de la posición, en el cero, y una tasa de cambio
o velocidad que también valdría exactamente cero. Ello violaría el principio de
incertidumbre, que exige que la posición y la velocidad no pueden
estar bien definidas simultáneamente. Por ello, debe haber un cierto grado de
lo que se denomina fluctuaciones del vacío. Las fluctuaciones del vacío pueden
ser interpretadas de diversas maneras, que parecen diferentes pero que de hecho
son matemáticamente equivalentes. Desde una perspectiva positivista, tenemos la
libertad de utilizar la imagen que nos resulte más útil para el problema en
cuestión. En este caso, resulta conveniente interpretar las fluctuaciones del
vacío como pares de partículas virtuales que aparecen conjuntamente en algún
punto del espacio-tiempo, se separan y después vuelven a encontrarse y se
aniquilan de nuevo la una con la otra. «Virtual» significa que estas partículas
no pueden ser observadas directamente, pero sus efectos indirectos pueden ser
medidos, y concuerdan con las predicciones teóricas con un alto grado de
precisión.
En presencia de un agujero negro, un miembro de un
par de partículas puede caer al mismo, dejando libre al otro miembro, que puede
escapar al espacio. A un observador lejano le parecerá que las partículas que
escapan del agujero negro han sido radiadas por él. El espectro del agujero
negro es exactamente el que esperaríamos de un cuerpo caliente, con una temperatura
proporcional al campo gravitatorio en el horizonte —la frontera— del agujero
negro. En otras palabras, la temperatura del agujero negro depende de su
tamaño.
La temperatura de un agujero negro de unas pocas
masas solares valdría aproximadamente una millonésima de grado sobre el cero
absoluto, y la de un agujero negro mayor sería todavía más baja. Así pues,
cualquier radiación cuántica de dichos agujeros negros quedaría completamente
ahogada por la radiación de 2,7 K remanente de la gran explosión. Sería posible
detectar esta radiación para agujeros negros más pequeños y más calientes, pero
no parece que haya muchos a nuestro alrededor. Sin embargo, hay
evidencias observacionales indirectas de esta radiación, que provienen del
universo primitivo. Se cree que en épocas muy tempranas de su historia, el
universo pasó por una etapa inflacionaria durante la cual se expandió con ritmo
cada vez más rápido. La expansión durante esta etapa habría sido tan rápida que
algunos objetos se hallarían demasiado lejos de nosotros para que su luz nos
pueda alcanzar; el universo se habría expandido demasiado y demasiado
rápidamente mientras la luz estaba viajando hacia nosotros Por lo tanto, habría en el
universo un horizonte como el de los agujeros negros, que separaría la región
cuya luz nos puede llegar de aquélla cuya luz no nos puede alcanzar.
Argumentos muy parecidos indican que este horizonte
debería emitir radiación térmica, tal como ocurre con el horizonte de los
agujeros negros. Hemos aprendido a esperar un espectro característico de las
fluctuaciones de densidad en la radiación térmica. En el caso que estamos
considerando, tales fluctuaciones de densidad se habrían expandido con el
universo. Cuando su escala de longitud hubiera superado el tamaño del horizonte
de sucesos, se congelarían, de manera que en la actualidad las podemos observar
como pequeñas variaciones en la temperatura de la radiación cósmica de fondo
remanente del universo primitivo. Lo que hemos podido observar de estas
variaciones concuerda con las predicciones de las fluctuaciones térmicas con
una notable precisión.
Aunque la evidencia observacional de la radiación de
los agujeros negros es bastante indirecta, todos los que han estudiado el
problema aceptan que debe producirse, por consistencia con otras teorías
comprobadas experimentalmente. Esto tiene consecuencias importantes para el
determinismo. La radiación de un agujero negro se llevará energía, lo cual
significa que éste deberá perder masa y encogerse. De ello se sigue que su
temperatura aumentará y su tasa de radiación crecerá. Al final, la masa del
agujero negro se aproximará a cero. No sabemos calcular qué pasa en este punto,
pero la única respuesta natural y razonable parece que el agujero negro acabe
por desaparecer por completo. Si es así, ¿qué ocurre con la parte de la función de
onda y de la información que ésta contiene sobre lo que había caído al agujero
negro? Una primera conjetura podría ser que esta parte de la función de onda, y
la información que transporta, emergería cuando el
agujero negro terminara por desaparecer. Sin embargo, la información no puede
ser transportada gratuitamente: necesita energía que la transporte, y en las
etapas finales de un agujero negro queda muy poca energía. La única manera
plausible en que la información interior podría salir sería emerger
continuamente con la radiación, en lugar de esperar a la etapa final. Sin
embargo, en la descripción en que un miembro de un par de partículas virtuales
cae al agujero negro y el otro miembro se escapa, no esperaríamos que la
partícula que escapa esté relacionada con la que cayó en el interior, ni lleve
información sobre ella. Por lo tanto, parecería que la única respuesta es que la información
contenida en la parte de la función de onda del interior del agujero negro
desaparece.
Esta pérdida de información tendría consecuencias
importantes para el determinismo. Para empezar, hemos observado que incluso si
conociéramos la función de onda tras la desaparición del agujero negro, no
podríamos retrotraer la ecuación de Schrödinger para calcular la función de
onda antes de la formación del agujero negro. Lo que ésta era dependería en
parte del fragmento de la función de onda que se perdió en el agujero negro.
Estamos acostumbrados a pensar que podemos conocer el pasado con exactitud,
pero en realidad, si se pierde información en los agujeros negros, podría haber
pasado cualquier cosa.
En general, sin embargo, la gente como los
astrólogos y los que los consultan están más interesados en predecir el futuro
que en retroceder el pasado. A primera vista, podría parecer que la pérdida de
una parte de la función de onda en el agujero negro no impediría predecir la
función de onda en el exterior de éste. Pero resulta que esta pérdida sí
interfiere con tales predicciones, tal como podemos ver si consideramos un
experimento mental propuesto por Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen en
1930.
Imaginemos que un átomo radiactivo decae y emite dos
partículas en direcciones opuestas y con espines opuestos. Un observador que
sólo mire una partícula no puede predecir si estará girando hacia la derecha o
hacia la izquierda. Pero si al efectuar la medición observa que está girando
hacia la derecha, puede predecir a ciencia cierta que la otra partícula estará
girando hacia la izquierda, y viceversa.
Einstein pensó que esto demostraba que la teoría
cuántica era ridícula, ya que en este momento la otra partícula se podría
hallar en el confín de la galaxia, pero aun así sabríamos instantáneamente cómo
está girando. Sin embargo, la mayoría de los otros científicos creen que era
Einstein quien se confundía, y no la teoría cuántica. El experimento mental de
Einstein-Podolsky-Rosen no demuestra que podamos enviar información con
velocidad mayor que la de la luz. No podemos escoger que la partícula
que mediremos nosotros esté girando hacia la derecha, por lo cual no podemos
prescribir que la partícula del observador distante esté girando hacia la
izquierda.
De hecho, este experimento mental describe
exactamente lo que ocurre con la radiación del agujero negro. El par de
partículas virtuales tendrá una función de onda que predice que los dos
miembros tienen espines exactamente opuestos. Lo que nos gustaría es predecir
el espín y la función de onda de la partícula saliente, cosa que lograríamos si
pudiéramos observar la partícula que ha caído al interior. Pero ahora dicha
partícula se halla dentro del agujero negro, donde su espín y su función de
onda no pueden ser medidas. Por ello, no es posible predecir el espín ni la
función de onda de la partícula que escapa. Puede tener diferentes espines o
diferentes funciones de onda, con varias probabilidades, pero no tiene un único
espín o una única función de onda. Por lo tanto, parecería que nuestro poder de
predecir el futuro quedaría aún más reducido.
La idea clásica de Laplace, de que podríamos
predecir las posiciones y las velocidades de las partículas, tuvo que ser
modificada cuando el principio de incertidumbre demostró que no se podía medir
con precisión posiciones y velocidades a la vez. Sin embargo, todavía resultaba
posible medir la función de onda y utilizar la ecuación de Schrödinger para
calcular su evolución en el futuro. Ello nos permitiría predecir con certeza
algunas combinaciones de posición y velocidad, que es la mitad de lo que podríamos
predecir según las ideas de Laplace. Podemos afirmar con certeza que las
partículas tendrán espines opuestos, pero si una partícula cae al agujero
negro, no podemos efectuar ninguna predicción segura sobre la partícula
restante. Ello significa que en el exterior del agujero negro ninguna medida puede ser
predicha con certeza: nuestra capacidad de formular predicciones definidas
quedaría reducida a cero.
Quizás, después de todo, la astrología no sea peor
que las leyes de la ciencia en la predicción del futuro. Esta reducción del
determinismo desagradó a muchos físicos y sugirieron, por lo tanto, que la
información de lo que hay en el interior de un agujero negro podría salir de
alguna manera. Durante años, hubo tan sólo la esperanza piadosa de que se hallaría
alguna manera de salvar la información. Pero en 1996, Andrew Strominger y Cumrum
Vafa realizaron un progreso importante. Decidieron considerar el agujero negro
como si estuviera formado por un cierto número de bloques constituyentes,
denominados p-branas.
Una de las maneras de considerar las p-branas es
como hojas que se desplazan en las tres dimensiones del espacio y en las siete
dimensiones adicionales que no podemos observar. En algunos casos, es posible
demostrar que el número de ondas en las p-branas es igual a la cantidad de
información que esperaríamos que contuviera el agujero negro. Si las partículas
chocan con las p-branas, excitan en ellas ondas adicionales. Análogamente, si
ondas que se mueven en diferentes direcciones en las p-branas confluyen en
algún punto, pueden producir un pico tan grande que se desgarraría un fragmento
de la p-brana y se marcharía en forma de partícula. Por lo tanto, las p-branas
pueden absorber y emitir partículas, como lo hacen los agujeros negros.
Podemos considerar las p-branas como una teoría
efectiva, aunque no necesitamos creer que hay realmente pequeñas hojas que se
desplazan en un espacio-tiempo plano; los agujeros negros podrían comportarse
como si estuvieran formados por dichas hojas. La situación es parecida a lo que
ocurre con el agua: está formada por miles de millones de moléculas de H2O con
interacciones complicadas, pero un fluido continuo proporciona un modelo
efectivo muy bueno. El modelo matemático de los agujeros negros formados por
p-branas conduce a resultados análogos a los de la descripción basada en pares
de partículas virtuales, de la que hemos hablado anteriormente. Desde una
perspectiva positivista, son modelos igualmente buenos, al menos para ciertas
clases de agujeros negros. Para ellas, el modelo de p-branas predice
exactamente la misma tasa de emisión que el de pares de partículas virtuales.
Sin embargo, hay una diferencia importante: en el modelo de p-branas, la información
de lo que cae en el agujero negro queda almacenada en la función de onda de las
ondas de las p-branas. Estas son consideradas como hojas en un
espacio-tiempo plano y, por ello, el tiempo fluirá continuamente hacia
adelante, las trayectorias de los rayos de luz no se curvarán y la información
en las ondas no se perderá, sino que acabará por salir del agujero negro en la
radiación de las p-branas. Así, según el modelo de las p-branas, podemos
utilizar la ecuación de Schrödinger para calcular la función de onda en
instantes posteriores. No se perderá nada, y el tiempo transcurrirá
suavemente. Tendremos determinismo completo en el sentido cuántico.
Pero, ¿cuál de estas descripciones es correcta? ¿Se pierde una
parte de la función de onda en los agujeros negros, o toda la información vuelve
a salir, como sugiere el modelo de las p-branas? Ésta es una de las grandes
preguntas de la física teórica actual. Muchos investigadores creen que trabajos
recientes demuestran que la información no se pierde. El mundo es seguro y
predecible, y no ocurrirá nada inesperado... pero no resulta claro que sea así.
© 2002 Javier de Lucas