LA ERA DE PLANCK

Los
científicos, para lograr conocer la estructura del universo a su escala
más grande, deben retroceder en el tiempo, centrando sus teorías
en el momento en que todo comenzó. Para ello se han formulado distintas
teorías unificadoras de las cuatro fuerzas de la naturaleza, con las
cuales se han modelado acontecimiento y condiciones en el universo primitivo a
lo largo del camino hasta el principio. Pero como se supone que debió
haber habido un «antes», aparece una barrera que impide ir
más allá de una frontera que se halla fijada a los 10-43
segundos después del Big Bang, un instante conocido como «momento
de Planck», en homenaje al físico alemán Max Planck.
Esta
barrera existe debido a que antes del momento de Planck, durante el
período llamado la «era de Planck o cuántica», se
supone que las cuatro fuerza fundamentales conocidas de la naturaleza eran
indistinguibles o se hallaban unificadas a todo efecto. Aunque los
físicos han diseñado teorías cuánticas que unen
tres de las fuerzas, una por una, a través de eras que se remontan al
momento de Planck, hasta ahora les ha sido imposible armonizar las leyes de la
teoría cuántica con la gravedad de la relatividad general de
Einstein, en un sólo modelo teórico ampliamente convincente y con
posibilidades claras de ser contrastado en experimentos de laboratorio y, mucho
menos, con observaciones.
Los
trabajos que se han realizado sobre poder construir una teoría
cuántica de la gravedad nos llevan a un número sorprendente de
implicaciones. Por un lado, sólo se ha podido conceptuar a la gravedad
cuántica, siempre y cuando el universo tenga más de cuatro
dimensiones. Además, se llega a considerar que en la era de Planck, tanto
el universo como la gravedad pudieron ser una sola cosa compacta estructurada
por objetos cuánticos infinitamente diminutos, como las supercuerdas. A
esta escala, el mismísimo espaciotiempo estaría sometido a
imprescindibles fluctuaciones muy semejantes a las que causan las
partículas al nacer y desaparecer de la existencia en el espaciotiempo
ordinario. Esta noción ha conducido a los teóricos a describir el
universo de la era cuántica como una especie de extremadamente densa y
agitada espuma que pudo haber contenido las vibrantes cuerdas que propugnan los
cosmólogos.
Los
físicos especulan que el cosmos ha crecido desde una «nada»
primigenia que al nacer comenzó el principio del tiempo y que, en ese
parto, contenía toda la materia y toda la energía (arriba,
izquierda). Según los primeros trabajos sobre la teoría
cuántica de la gravedad, el propio espaciotiempo varió en su topografía,
dependiendo de las dimensiones del universo primitivo. Cuando el universo era
del tamaño de un núcleo atómico (dibujo de arriba, a la
derecha), las condiciones eran relativamente lisas y uniformes; a los 10-30
cm (centro), es evidente una cierta granulidad; y a la llamada longitud
de Planck, todavía unas 1.000 veces más pequeño (abajo),
el espacio tiempo fluctúa violentamente.
Los
físicos han intentado con denuedo elaborar una teoría completa de
la gravedad que incluya la mecánica cuántica. Los cálculos
de la mayoría de las teorías propuesta de la «gravedad
cuántica» arrojan numerosos infinitos. Los físicos no
están seguros si el problema es técnico o conceptual. No
obstante, incluso prescindiendo de una teoría completa de gravedad cuántica,
se puede deducir que los efectos de la teoría cuántica
habrían sido cruciales durante los primeros 10-43 segundos
del inicio del universo, cuando éste tenía una densidad de 1093
gramos por centímetro cúbico y mayor. (El plomo sólido
tiene una densidad de aproximadamente diez gramos por centímetro
cúbico.) Este período, que es el que corresponde a la era de
Planck, y a su estudio se le llama cosmología cuántica. Como el
universo en su totalidad habría estado sujeto a grandes incertidumbres y
fluctuaciones durante la era de Planck o era cuántica, con la materia y
la energía apareciendo y desapareciendo de un vacío en grandes
cantidades, el concepto de un principio del universo podría no tener un
significado bien definido. En todo caso, la densidad del universo durante este
período es de tal magnitud que escapa a nuestra comprensión. Para
propósitos prácticos, la era cuántica podría
considerarse el estado inicial, o principio, del universo. En consecuencia, los
procesos cuánticos ocurridos durante este período, cualquiera sea
su naturaleza, determinaron las condiciones iniciales del universo.
El
universo estaba a 3.000 K hace doce mil quinientos millones de años; a
10 mil millones de grados (1010 K) un millón de años
antes, y, tal vez, a 1028 K un par de millones más temprano.
Pero, y antes de ese tiempo ¿qué pasaba? Los fósiles no
faltan, pero no sabemos interpretarlos. Mientras más elevada se va
haciendo la temperatura del universo primigenio, la situación se va
complicando para los científicos. En la barrera fatídica de los
1033 K -la temperatura de Planck-, nada funciona. Nuestros actuales
conocimientos de la física dejan de ser útiles. El comportamiento
de la materia en estas condiciones tan extremas deja de estar a nuestro
alcance. Peor aún, hasta nuestras nociones tradicionales pierden su
valor. Es una barrera infranqueable para el saber de la física
contemporánea. Por eso, lo que se suele decir cómo era el
universo primitivo en esos tempranos períodos, no deja de tener visos de
especulación.
Los
progresos que se han obtenido en física teórica se manifiestan a
menudo en términos de síntesis de campos diferentes. En
física se cuenta con dos grandes teorías de éxito: la
cuántica y la teoría de la relatividad general.
Cada
una de ellas ha demostrado ser muy eficiente en aplicaciones dentro de los
límites de su ámbito propio. La teoría cuántica ha
otorgado resultados más que satisfactorios en el estudio de las
radiaciones, de los átomos y de sus interacciones. La ciencia
contemporánea se presenta como un conjunto de teorías de campos,
aplicables a tres de las grandes interacciones: electromagnética,
nuclear fuerte, nuclear débil. Su poder predictivo es bastante
elocuente, pero no universal. Esta teoría es, por ahora, incapaz de
describir el comportamiento de partículas inmersas en un campo de
gravedad intensa. Ahora, no sabemos si esos fallos se deben a un problema
conceptual de fondo o falta de capacidad matemática para encontrar las
ecuaciones precisas que permitan la estimación del comportamiento de las
partículas en esos ambientes.
La
teoría de la relatividad general, a la inversa, describe con gran
precisión el efecto de los campos de gravedad sobre el comportamiento de
la materia, pero no sabe hacerse cargo de las adquisiciones de la
mecánica cuántica. Ignora todo acerca de los campos y de la dualidad
onda-partícula, y en ella el «vacío» es
verdaderamente vacío, mientras que para la física cuántica
hasta la «nada» es «algo».
Claro
está, que esas limitaciones representativas de ambas teorías no
suelen tener mucha importancia práctica. Sin embargo, en algunos casos,
esas limitantes se hacen sentir con agresividad frustrando a los
físicos. Los primeros instantes del universo son el ejemplo más
elocuente. El científico investigador, al requerir estudiar la
temperatura de Planck, se encuentra con un cuadro de densidades y gravedades
extraordinariamente elevadas. ¿Cómo se comporta la materia en
esas condiciones? Ambas teorías, no dicen mucho al respecto, y entran en
serias contradicciones e incompatibilidades.

Todo
se desenvuelve alrededor de la noción de localización. La
teoría cuántica limita nuestra aptitud para asignar a los objetos
una posición exacta. A cada partícula le impone un volumen
mínimo de localización. La localización de un electrón,
por ejemplo, sólo puede definirse alrededor de trescientos fermis
(más o menos una centésima del radio del átomo de
hidrógeno). Ahora, si el objeto en cuestión es de una mayor
contextura másica, más débiles son la dimensión de
este volumen mínimo. Se puede localizar un protón en una esfera
de un décimo de fermi, pero no mejor que eso. Para una pelota de
ping-pong, la longitud correspondiente sería de unos 10-15
cm, o sea, bastante insignificante. La física cuántica, a toda
partícula de masa m le asigna una longitud de onda Compton:
lc = h / 2p mc
Por su parte, la
relatividad general igualmente se focaliza en la problemática del lugar
que ocupan los objetos. La gravedad que ejerce un cuerpo sobre sí mismo
tiende a confinarlo en un espacio restringido. El caso límite es aquel
del agujero negro, que posee un campo de gravedad tan intenso que, salvo la
radiación térmica, nada, ni siquiera la luz, puede
escapársele. La masa que lo constituye está, según esta
teoría, irremediablemente confinada en su interior.
En
lo que hemos inmediatamente descrito es donde se visualizan las diferencias
entre esos dos campos del conocimiento. Uno alocaliza, el otro localiza.
En general, esta diferencia no presenta problemas: la física
cuántica se interesa sobre todo en los microobjetos y la relatividad en
los macroobjetos. Cada cual en su terreno.
Sin
embargo, ambas teorías tienen una frontera común para entrar en
dificultades. Se encuentran objetos teóricos de masa intermedia entre
aquella de los microobjetos como los átomos y aquella de los
macroobjetos como los astros: las partículas de Planck. Su masa es
más o menos la de un grano de sal: 20 microgramos. Equivale a una
energía de 1028 eV o, más aún, a una
temperatura de 1033 K. Es la «temperatura de Planck».
Ahora
bien, si queremos estimar cuál debería ser el radio en que se
debe confinar la masa de sal para que se vuelva un agujero negro, con la
relatividad general la respuesta que se logra encontrar es de que sería
de 10-33 cm, o sea ¡una cien mil millonésima de mil
millonésima de la dimensión del protón! Esta
dimensión lleva el nombre de «radio de Planck». La densidad
sería de ¡1094 g/cm3! De un objeto
así, comprimido en un radio tan diminuto, la relatividad general
sólo nos señala que tampoco nada puede escapar de ahí. No
es mucha la información.
Si
recurrimos a la física cuántica para estimar cuál
sería el radio mínimo de localización para un objeto
semejante al granito de sal, la respuesta que encontramos es de un radio de 10-33
cm. Según esta teoría, en una hipotética experiencia se lo
encontrará frecuentemente fuera de ese volumen. ¡Ambos discursos
no son coincidentes! Se trata de discrepancias que necesitan ser conciliadas
para poder progresar en el conocimiento del universo. ¿Se trata de
entrar en procesos de revisión de ambas teoría, o será
necesaria una absolutamente nueva? Interrogantes que solamente el devenir de la
evolución de la física teórica podrá responder en
el futuro.
©
1997 Javier de Lucas