EL PROBLEMA DE LA MASA

Las partículas elementales comunes como, por ejemplo, los
protones o los electrones, poseen una masa que puede determinarse con gran
exactitud de forma experimental. Gracias a la famosa ecuación de
Einstein ( E=mc² ), según la cual la masa es una magnitud
equivalente a la energía, ésta dependerá de la respectiva
velocidad de cada partícula. Sin embargo, existen otras
partículas como los fotones o cuantos de luz que no poseen masa pero sí
una determinada energía.
La
diferencia esencial entre una partícula masiva y un fotón sin
masa consiste en que la primera puede moverse a cualquier velocidad que se
desee, siempre que sea inferior a la de la luz. Los fotones no tienen esta
libertad. Están condenados a moverse siempre a la misma velocidad
que la luz. En cierto modo éste es su castigo por no tener masa. Las
fórmulas matemáticas de la teoría especial de la
relatividad solamente nos indican que existe esta limitación para las
partículas de la luz, pero no nos explican nada acerca del motivo.
Sabemos tan poco sobre él como sobre la procedencia de la masa. Por lo
menos hoy, conocemos con exactitud las masas de las partículas
elementales. Por ejemplo, la relación entre las masas del protón
y del electrón es exactamente de 1.836,15:1. El protón es, por lo
tanto, 1.836,15 veces más pesado que el electrón. Pero eso es
todo. Sabemos muy poco del mecanismo que proporciona la masa a las
partículas elementales. ¿De dónde procede, por ejemplo, la
ingente masa que compone la monstruosa partícula bosón Z?.
Sabemos
cómo chocan entre sí y se desintegran los electrones y sus
antipartículas, los positrones, y cómo la energía en forma
de radiación electromagnética que se produce en las colisiones es
capaz de crear nuevas partículas a partir del vacío. Su masa
procede siempre de la energía originada durante los cruciales choques
desintegradores de los electrones y positrones, coincidiendo con la
fórmula de Einstein. En cierto modo es posible crear del
vacío partículas más masivas que todas las
partículas conocidas hasta la fecha. Naturalmente éstas
poseerán a su vez mayor masa que todas las existentes en la naturaleza.
Aunque el bosón Z se da ciertamente en la naturaleza, no forma parte de
las partículas realmente existentes. Surge de repente como un efímero
destello y actúa durante las brevísimas fracciones de segundo
antes de su fulminante desaparición como agente invisible y soporte de
la denominada interacción nuclear débil; ésta es la fuerza
crucial en el proceso de la desintegración radiactiva de los
núcleos atómicos.
Todavía
no se ha comprobado totalmente el papel que desempeña la singular
partícula Z en el coro de partículas subatómicas, pero
tampoco tiene decisiva importancia en nuestra búsqueda del secreto
origen de la masa. En cambio, lo que sí tiene verdadero interés
en nuestro empeño por descifrar las claves ocultas de esta desconocida
magnitud física es que podamos producir y estudiar partículas Z
de forma rutinaria y en cantidad en el gran anillo del acelerador LEP, de 27
kilómetros de longitud. Pero la vida del bosón Z es tan corta,
que ni siquiera los más hábiles y rápidos detectores
pueden atraparla, ni rastrearla directamente. Quizá sea por su inmensa
masa. No obstante, las que pueden registrarse muy bien son las pequeñas
partículas que se forman a partir de la nada, esto es, las nacidas
después de la brevísima existencia del bosón Z, en el
momento en que este vuelve a transformarse en energía tras su
desintegración. Si su energía combinada es tan grande como la de
su masa los investigadores no tienen ningún motivo para dudar de que
efectivamente una partícula Z ha aparecido y ha
vuelto a desaparecer.
Pero
regresemos al problema de la masa. Al parecer, Einstein la definió
alguna vez como "el hueso más difícil de roer con el que el buen
Dios había obsequiado a los físicos". Porque,
en efecto, desentrañar sus misterios no es fácil
. ¿Por qué tienen masa las partículas elementales
?. Como explicación aún sigue
utilizándose la hipótesis postulada por vez primera por el
teórico inglés Peter Higgs y sus colaboradores
: se sabe que las cuatro fuerzas básicas de la naturaleza son la
gravedad, el electromagnetismo, así como las fuerzas nucleares fuerte y
débil en el interior de los átomos. Tampoco es ningún
secreto que, según las leyes de la física cuántica, cada
una de estas fuerzas actúa en forma de partículas. Todas juntas
forman a su vez los campos cuya existencia podemos medir como efecto de la
fuerza respectiva. ¿Por qué no añadir a estas cuatro fuerzas
básicas una quinta?.
Considerando que fuerza y masa son contrapuestas, ésta
sería entonces la causa originaria de la masa.
Según
la hipótesis del físico escocés, la masa de
una partícula elemental no es otra cosa que la potencia con la que esta
nueva fuerza - la fuerza de Higgs - actúa sobre la respectiva partícula . La
materia común consta fundamentalmente de dos partículas -
leptones y quarks - que poseen una masa ínfima. Como el efecto
interactivo de esta quinta fuerza sería extremadamente débil en
relación con la materia normal, la fuerza de Higgs no ha podido ser
observada en ella hasta la fecha. Pero, al igual que sucede en cada una de las
fuerzas básicas de la naturaleza, que poseen una partícula
subatómica de soporte encargada de transmitir y portar la fuerza - el
gravitón en el caso de la gravedad o el fotón en el campo
electromagnético-, la fuerza de Higgs habrá de tener
también su agente particular. Suponemos que las
partículas de Higgs ceden su fuerza, o sea, su masa, a un
electrón o a un quark, y luego desaparecen sin dejar huella en el
vacío, del que surgieron de forma igualmente espontánea.
Imaginarse
este proceso gráficamente es harto difícil. Incluso la
fantasía teórica de un físico resulta ineficaz en este
empeño. Suficiente con que le concuerden las complicadas fórmulas
matemáticas. Por eso, dado que la fuerza de Higgs no se puede observar
directamente en la materia normal, los físicos intentan demostrar ahora
su existencia de manera indirecta, procurando atrapar sus correspondientes
partículas.
Deberían
poderse extraer del vacío, de la misma forma que se ha logrado hacer
anteriormente con otras muchas partículas. Sin embargo, su
búsqueda ha resultado del todo infructuosa. Un fracaso experimental que
podría tener relación con la masa de estas huidizas
partículas. Porque, si la masa de la esquiva partícula de Higgs -
que no ha sido fijada todavía en el marco de las teorías
discutidas actualmente - fuera treinta veces mayor que la de los protones
( lo que equivaldría aproximadamente a sólo un tercio de la masa
del bosón Z), no podría haber sido descubierta tampoco hasta
ahora.

Con
la puesta en marcha del nuevo acelerador LHC la situación podría
cambiar. La partícula Z es cien veces más pesada que un
protón. Ciertos indicios nos permiten estimar que la partícula de
Higgs posee una masa algo menor. Si en efecto fuera así, podría
esperarse entonces que el bosón Z se descompusiera alguna vez en la partícula
de Higgs y otras aún más ligeras. Los físicos que
trabajan en los detectores de partículas del LEP esperan ansiosos que se
produzcan los primeros acontecimientos. Para ello, los programas de ordenador
diseñados con el fin de observar las numerosas desintegraciones
atómicas que se producen han sido especialmente preparados para detectar
de inmediato cualquier partícula desconocida, como por ejemplo la
escurridiza partícula de Higgs. En caso de recibirse uno de estos
avisos, la partícula probablemente podría ser
identificada. ¿Cómo? Muy sencillo. Porque, a pesar de que no se
puede predecir la determinación de su masa, sí puede calcularse
la fuerza del efecto interactivo del bosón Z con las partículas
de Higgs, en el supuesto de que éstas existan realmente.
De
todas formas, parece que su descubrimiento aún puede demorarse bastante
tiempo, quizás varios años. Antes de emitir un pronóstico
con cierto rigor científico, serán necesarias aproximadamente un
millón de desintegraciones de la partícula Z. Y para hacer nos
una idea de lo que esta cifra supone, basta con mencionar que hasta finales del
año 1989 se habían registrado en el CERN sólo unas cien
mil desintegraciones del bosón. Aún resulta extraño que
estemos hoy en disposición de transformar de forma rutinaria la materia
en energía. Pero más todavía que realicemos el proceso
contrario, esto es, que podamos generar partículas de materia a partir
de la energía, sin saber con exactitud por qué estas
partículas poseen masa. En el caso de la transformación, la
antimateria desempeña un papel decisivo. Al investigar en concreto
qué es la masa, nos veremos enfrentados a uno de los enigmas que
aún quedan pendientes en Cosmología: ¿por
qué las partículas que se generan artificialmente en el
laboratorio lo hacen siempre por parejas - cada partícula nace con su
partícula de antimateria correspondiente - cuando en todo el universo no
hemos podido descubrir ni rastro de antimateria?.
Los
postulados de la moderna física cuántica pueden establecer, pues,
que si en el momento de chocar una pareja de fotones se alcanza un cierto grado
de energía suficiente, éstos se transforman
espontáneamente en otras partículas masivas. La masa del
electrón expresada en unidades de energía es de 0,5 mega
electronvoltios (MeV). Tan pronto como los fotones generan una energía
media superior a 0,5 MeV, se transforman en un par electrón-positrón.
Calcular la temperatura necesaria para ello es fácil: han de obtenerse
unos 6.000 millones de grados.


En
el universo actual es prácticamente imposible tropezarse con tal
magnitud térmica. Ni siquiera en las estrellas, que son astros muy
calientes. Poco después de la explosión original, el universo se
encontraba infinitamente más caliente que ahora. Electrones y sus
antipartículas, los positrones, no surgieron hasta que se enfrió
y la temperatura descendió en el cosmos a los 6.000 millones de grados.
Pero
ningún científico ha sido capaz de explicar aún por
qué no existe en el universo evidencia demostrable alguna de la
presencia de antimateria. La suposición actual es que,
aunque pueda que se cumpla la ley según la cual la materia y la
antimateria se producen a partes iguales a partir de la energía, en
última instancia ésta tiene sólo un valor aproximativo. Poco
después del Big Bang, en el caldo original surgió una
insignificante ventaja de las partículas con respecto a las
antipartículas.
La
pequeña diferencia no era apreciable al principio, pero en el transcurso
del desarrollo cósmico, todos los antiprotones se desintegraron al
colisionar con los protones existentes. El sobrante que quedó no fue
más que esa insignificante ventaja. Sólo los protones que no
hallaron oponente para su destrucción se constituyeron en los ladrillos
que formaron toda la materia cósmica que hoy existe. De esta
hipótesis se deduce una predicción dramática. Para
producir materia -aproximadamente un protón- a partir de energía,
hemos visto que no hace falta generar al unísono un antiprotón.
En el proceso inverso, durante la desintegración del protón,
ésta partícula explosiona dejando como residuo un positrón
con carga eléctrica y unos fotones que portan la energía
liberada.
En
un átomo de hidrógeno, el electrón de su envoltura
atómica podría ser aniquilado con el positrón que se
genera al desintegrarse el protón. El resultado sería una
desintegración total del átomo, la transformación del hidrógeno
en energía. De poder acontecer una reacción de este tipo, ante
nosotros se abre una expectativa apasionante: una especie de involución
a la explosión original.
Los
grandes avances logrados por la física de partículas junto al
estado actual de nuestra comprensión del Big Bang, indican que la
materia no es absolutamente estable en el cosmos, sino que, si se espera un
tiempo suficiente, se desintegra en fotones. Para demostrar la
desintegración de los protones, se han realizado costosos ensayos desde
1980. Gracias a la técnica experimental actualmente disponible,
sólo se puede mostrar una desintegración de protones al
año, pero se ha logrado determinar con una buena aproximación la
duración media de la vida del protón.

Lamentablemente,
la radiación cósmica que cae sobre la Tierra impide conseguir una
prueba experimental definitiva. Por eso, un sector concreto de físicos
está considerando la posibilidad de realizar estos experimentos fuera de
la Tierra. En la Luna, por ejemplo, ya que allí los efectos
perturbadores son menores.
Paso a paso, los físicos han ido descubriendo durante los últimos
decenios grandes secretos de la materia. Todavía no han podido encontrar
el origen real de la masa, pero todo parece indicar que su descubrimiento
está próximo. En ello trabajan con ahínco los
físicos en los modernos y superpotentes aceleradores de
partículas, así como los investigadores que buscan la
materia desintegrada en los detectores subterráneos.
©
2000 Javier de Lucas