MAQUINAS DEL TIEMPO

La posibilidad de realizar viajes por el tiempo se
ha convertido en un motivo recurrente de la literatura de ciencia
ficción. Pero, a pesar de la popularidad alcanzada entretanto por estos
paseos temporales en la literatura de ficción, hasta hace muy poco la
mayoría de los científicos no los consideraban algo serio,
importante y sobre todo realizable. Aunque H.G.Wells conceptuaba al tiempo como
la cuarta dimensión, incluso antes que el matemático Herrmann
Minkowski, describió con demasiado poco detalle los principios
físicos según los cuales debería funcionar su
máquina del tiempo.
Fue cuando Albert Einstein publicó en el
año 1905 su teoría Especial de la Relatividad, cuando se
proporcionaron los primeros indicios sobre cómo podrían llevarse
a la práctica esos viajes por el tiempo. Precisamente el núcleo
fundamental de la Teoría de la Relatividad de Einstein es la
afirmación de que el tiempo no es absoluto ni universal, sino relativo,
dependiendo de la situación cinética del observador. Esta
aseveración trae consigo una grave consecuencia: dos observadores que se
encuentran en diferentes estados dinámicos comprobarán distancias
de tiempo diferentes entre dos sucesos observados por ambos. Aunque no es
necesario insistir sobre la célebre paradoja de los hermanos gemelos, en
este caso si uno de ellos emprende una expedición espacial, en la que
viaje a una velocidad muy próxima a la de la luz, sus años en la
nave serán cada vez más largos, y los años que pasan
mientras tanto en la Tierra serán cada vez más cortos. Por eso,
cuando al cabo de unos años de viaje el astronauta regresase,
volvería a una Tierra en la que habrían transcurrido ya bastantes
miles o incluso millones de años. La hipótesis de la relatividad
hace posible una especie de viaje en el tiempo: un pasaje al futuro, que ya no
ha de ser contemplado como simple posibilidad teórica o como una
fantasía de ficción. De hecho, relojes atómicos situados a
bordo de aviones y naves espaciales han medido las diminutas dilataciones de
tiempo que se producen incluso a las comparativamente pequeñas
velocidades a las que se mueven tales máquinas.
Las partículas subatómicas, que con frecuencia se aproximan a la
velocidad de la luz, están sometidas por su parte también a
fuertes distorsiones temporales. Esto supone que durante su vida extremadamente
corta estas partículas subatómicas pueden recorrer distancias mucho mayores que las que abarcarían en condiciones
normales. Por ejemplo, una gran parte de la radiación de fondo que cae
sobre la superficie terrestre está compuesta por muones que sufren una
distorsión del tiempo. Estos muones son producidos en las capas
más altas de la atmósfera terrestre por los rayos cósmicos
que allí caen. Luego los muones atraviesan los muchos kilómetros
de distancia que les separan de la superficie terrestre, a pesar de que
sólo existen durante dos microsegundos, es decir, un tiempo apenas
suficiente para recorrer unos pocos centenares de metros.
Lamentablemente, estos ejemplos de viajes al futuro
no conllevan posibilidad alguna de regresar más tarde al presente.
Viajar desde el futuro hasta el presente es naturalmente lo mismo que viajar
desde el presente hacia el pasado, idea mucho más problemática,
aunque tampoco totalmente absurda. Según los postulados principales de
la Teoría de la Relatividad resulta que, si un objeto pudiera moverse
con mayor rapidez que la luz, conseguiría avanzar marcha atrás en
el tiempo. Pero conseguir un movimiento más veloz que la luz por medio
del método normal, es decir, por vía de la aceleración es
imposible. Si se intenta acelerar un cuerpo rompiendo la barrera de la luz,
dicho cuerpo protesta, volviéndose más y más pesado. Cada
vez precisa mayor energía para aumentar su velocidad y, si dicho cuerpo
se acerca mucho a la barrera de la luz, su masa se vuelve tan infinitamente
grande que nunca podrá alcanzar la velocidad de la luz.
No tiene ningún sentido, pues, intentar un
ataque directo a la barrera de la luz, aunque existe una estrategia
alternativa. Vulgarmente la velocidad se define como el tiempo que se necesita
para salvar la distancia existente entre dos puntos. Si se consiguiera acortar
el camino entre ambos puntos, el viaje podría realizarse en un tiempo
notablemente menor. En una travesía sobre nuestro planeta desde Madrid
hasta Camberra, en Australia, por ejemplo, dado que la superficie terrestre es
curva, se atajaría el recorrido taladrando un túnel a
través del centro de la Tierra. Cuando Albert Einstein amplió su
Teoría de la Relatividad en 1915 planteó el siguiente postulado:
el espacio puede ser también curvo ¿Por qué?. Porque la gravitación, la fuerza de la
atracción entre masas, se manifiesta como deformación,
distorsión o curvatura del espacio o, más exactamente, del tiempo
espacial de cuatro dimensiones.
Si el espacio es curvo, existe entonces alguna
posibilidad de acortar el camino entre dos puntos del mismo. Pero,
¿cómo puede taladrarse un agujero o un túnel a
través del espacio?. El siguiente experimento
puede exponer de forma visible y clara lo que esto significa. Si se dobla una
hoja de papel por la mitad, de modo que resulten dos superficies que casi se
toquen mutuamente y se las atraviesa con un pequeño tubito, obtendremos
un atajo que las conecta. Extrapolando al espacio, habría que
añadir naturalmente una dimensión: el papel bidimensional se
convertiría en un espacio tridimensional, y luego esta figura
tridimensional formada por la hoja de papel doblada pasaría a ser el
tiempo espacial cuatridimensional. Parece evidente pues, que un tubo
atravesando el tiempo espacial curvo acortaría enormemente el trayecto
entre dos puntos A y B, situados a un año luz de distancia, por ejemplo.
Estos túneles espaciales son los famosos
agujeros de gusano de los que tanto hablan últimamente los
físicos. Un astronauta que viajara a través de uno de estos
agujeros de gusano podría llegar desde el punto A hasta la meta B mucho
antes que un rayo de luz que recorriera el camino habitual entre A y B. El
astronauta se movería a través del tiempo espacial con mayor
rapidez que la luz. Un escenario de estas características conlleva
naturalmente varias condiciones previas: el espacio ha de curvarse realmente
tanto como la hoja de papel del experimento y ha de existir una conexión
transversal del tipo indicado. De la Teoría General de la Relatividad se
deduce que es posible la existencia de un agujero de gusano, si se dan unas
condiciones de gravitación adecuadas. Más aún, ya en
19l6 el físico alemán Karl Schwarzschild
descubrió casualmente una especie de agujero de gusano: se
encontró con que las ecuaciones de Einstein sobre el campo de gravedad
permitían, desde el punto de vista del lenguaje matemático
actual, la descripción de un agujero negro unido a otra región
espacio-temporal a través de un agujero de gusano. Esta circunstancia es
equivalente a la del experimento con la hoja de papel, excepto en una
diferencia importante: la entrada y la salida del agujero de gusano se
encuentran dentro del agujero negro.
Al encontrarse en el interior del agujero negro no
sirve como atajo. ¿Por qué? Porque el interior de un agujero
negro no es estático y tampoco se encuentra en reposo. Schwarzschild
propone un agujero de gusano que se abre y vuelve a cerrar otra vez
espontáneamente, pero un objeto que cayera dentro del agujero negro
nunca tendría tiempo suficiente para introducirse a través del
agujero de gusano, mientras permaneciera abierto, ni siquiera un impulso de luz
sería lo suficientemente veloz. ¿Cuál es el problema?
Sencillamente que el campo gravitacional del agujero negro posee una fuerza de
atracción tan inmensa, que el agujero de gusano se derrumba otra vez
sobre sí mismo casi en el mismo momento de su formación. Si
existiera alguna manera de reducir esa gravedad dentro del agujero negro,
¿no podría entonces mantenerse abierto durante el tiempo
suficiente para permitir un viaje a otras regiones del espacio?. El astrofísico Kip Thorne y sus colegas del
Caltech, Instituto de Tecnología de California en Pasadena, han lanzado
recientemente una hipótesis que apunta directamente hacia ese objetivo,
que ha sorprendido a toda la comunidad científica.
Para entender lo que estos físicos
estadounidenses tienen en perspectiva, antes conviene ocuparnos un poco en
revisar el concepto de la gravitación, tal y como está
expuesto en la Teoría General de la Relatividad de Einstein.
Según esta teoría, la gravedad no se genera sólo a partir
de la masa. Si bien es cierto que el campo gravitatorio de nuestra Tierra es
producido casi totalmente por la masa del planeta, según la
Teoría de la Relatividad también la presión es una fuente
de gravedad. (En la presión hay energía, y la energía es
el equivalente de la masa). Sin embargo, no somos conscientes de que
también la presión produce gravitación, ya que este
fenómeno empieza a ser importante sólo cuando los valores son
verdaderamente enormes. La presión que ejerce un kilogramo de aire, por
ejemplo, produce sólo una billonésima de la gravitación
que sale de la masa de este aire.
Ahora bien, la presión posee una propiedad
muy interesante, que a su vez le falta a la masa: la presión puede ser
positiva o negativa. Por presión negativa se entiende una
tracción: un trozo de goma, que se estira en todas las direcciones,
ejerce una presión negativa. Cuando la masa se encuentra bajo
presión negativa, también la contribución de esta
presión a la gravedad de la masa será negativa, es decir, que
actuará en contra de la gravitación. Naturalmente, la masa
produce también gravitación positiva, y esto es lo que
resultará decisivo también en la mayoría de los casos. Los
físicos de Caltech sospechan, sin embargo, que podrían existir
clases tan exóticas de materia, que la antigravitación de su
presión negativa es más fuerte que la gravitación de su
masa. El resultado neto sería un rechazo en vez de una atracción.
Si en el interior de un agujero de gusano pudieran crearse ahora tales
circunstancias exóticas, la antigravitación que sale de semejante
materia podría superar a la gravitacìón del agujero de
gusano, impidiéndole derrumbarse sobre sí mismo antes de terminar
el viaje en el tiempo.
La posibilidad de que un agujero de gusano
resulte transitable depende, pues, de que puedan crearse esas
extrañas circunstancias en las que el efecto de la presión
negativa sea más potente que el de la masa. Hasta hace poco tiempo la
mayoría de los físicos del mundo habrían rechazado por
descabellada una tesis así. Pero ahora, el estudio de la teoría
del campo cuántico nos enseña que la respuesta posiblemente
sería afirmativa. ¿Por qué?. La
contestación tiene mucho que ver con el principio de incertidumbre del
célebre físico y premio nobel alemán Werner Heinsenberg,
que establece que todas las magnitudes mensurables están sometidas a
oscilaciones de valor casuales impredecibles. La energía es una cantidad
medible sobre la que el principio de indeterminación afirma que puede
aparecer espontáneamente, es decir, sin causa exterior, aumentos muy
considerables de energía, pero que duran muy poco tiempo. Estos aumentos
no presuponen que exista materia pues también pueden producirse en
un vacío absoluto. Una de las maneras en que las fluctuaciones de la
energía cuántica se manifiestan es en la formación de
partículas. Los fotones o partículas de luz, por ejemplo, pueden
aparecer espontáneamente, de repente, en un espacio por lo demás
vacío. Pero, al ser estas partículas producto de fluctuaciones
temporales de la energía, vuelven a desaparecer otra vez muy pronto.
Tenemos que imaginarnos el espacio vacío como un fermento de la
actividad cuántica, en el que aparecen y desaparecen constantemente
estos fotones y otras partículas con existencia temporal.
Para distinguir estos fotones transitorios del
vacío, que viven de la energía prestada de las fluctuaciones
cuánticas, de los fotones auténticos que conocemos, los
denominamos virtuales. Por lo demás, en el laboratorio hay un
método para demostrar la existencia de estos fotones virtuales. Se
utiliza el efecto Casimir, llamado así por el físico
holandés Hendrik Casimir, quien ya en el año 1948
señaló que tenía que existir una diminuta fuerza de
atracción entre dos placas metálicas paralelas, pues provocaba
una perturbación sobre el vacío cuántico: dado que las
placas reflejan las partículas de la luz, también
reflejarán esos transitorios fotones virtuales que aparecen
espontáneamente en el vacío cuántico. Casimir
demostró con un cálculo, considerado hoy como clásico, que
el encierro de los fotones virtuales entre las dos superficies reflectantes
ocasiona una presión negativa pequeñísima, que aparece
como fuerza de atracción de una placa sobre la otra. Experimentos
realizados ahora han confirmado la existencia real de tal fuerza.
Los astrofísicos que trabajan en Caltech presentan el efecto Casimir
como un ejemplo de cómo podría producirse presión
negativa: si imaginamos un par de placas reflectantes colocadas extremada mente
cerca una de otra, debido a la atracción Casimir, estas placas
estarán forzosamente pegadas entre sí. Para que no suceda
deberá cargarse eléctricamente cada una de las placas, de modo
que se forme entre ambas una repelencia eléctrica que compense
exactamente el efecto de la atracción según Casimir.

Todo este sistema se podría instalar, al
menos imaginariamente, en la garganta de un agujero de gusano. En este caso,
por un lado se cumpliría la ecuación del campo de la
gravitación de Einstein, como demuestran los cálculos. Por otro,
esta antigravitación del sistema de placas sobre todo sería suficiente
para que el agujero de gusano no se derrumbase sobre sí mismo ni quedase
preso en el interior de un agujero negro. Sin embargo, las bocas de entrada y
salida del agujero de gusano no serían entonces agujeros negros, que no
dejan escapar jamás sus presas, sino simples regiones donde reinase una
gravedad mayor. Un hipotético observador podría llegar hasta
allí con total seguridad de poder luego regresar sin ser engullido para
siempre. Pero, ¿cómo se produce y qué sucede en ese viaje
en el tiempo?. Un agujero de gusano sólo es
adecuado como máquina del tiempo, en el caso de que un observador lo
atravesara y saliera libremente de nuevo por el otro lado. Para el grupo
científico de Caltech este fantástico pasaje en el tiempo se
conseguiría estirando el agujero de gusano. De aquí en adelante
la nueva teoría se adentra ya por los fascinantes caminos de la aventura
y la fantasía: ambos extremos o bocas del agujero de gusano
podrían compararse con la paradoja de los gemelos, uno de los cuales
sale de viaje por el espacio, mientras que el otro permanece en casa. De esta
forma, al mismo tiempo que un extremo del agujero de gusano se
mantendría fijo en su lugar, el otro sería lanzado hacia el
exterior a una velocidad próxima a la de la luz, provocando su
estiramiento. Luego pararía y regresaría de nuevo a su
posición de partida.
Gracias a esta dilatación se produce una
diferencia de tiempo relativa entre ambos extremos del agujero de gusano: la
boca fija habrá adelantado a la otra, que se ha movido en el tiempo;
exactamente igual que el hermano gemelo que quedó en la Tierra
comprueba que ha en vejecido mucho más que el otro que regresa a casa
desde el espacio. Por eso, si un observador penetrase en el agujero de gusano
por el extremo fijo, al salir por la boca en movimiento se encontraría
otra vez en el pasado. La máquina del tiempo de H. G. Wells puede ser
una realidad. Porque además, si el pasajero del tiempo atravesara de
nuevo el agujero de gusano en dirección contraria, podría
regresar otra vez al futuro. Ambos extremos del agujero de gusano
podrían estar muy próximos entre sí en el espacio; tan
pronto como el agujero de gusano es estirado y luego otra vez encogido, se
produce, al menos en teoría, una diferencia de tiempo permanente entre
sus dos extremos.
Pero aún hay que vencer muchas dificultades,
como un problema que afecta a la parte más importante del sistema: las
placas. Es de importancia vital que la propia masa y estructura interna de
éstas no produzcan mayor efecto de gravitación que de su opuesto,
de antigravitación. Además, ¿cómo puede un viajero
en el tiempo atravesar las placas sin perturbar el delicado equilibrio en que
se basa este sistema?. ¿A través de una
escotilla, quizá?. Otra dificultad
añadida: ¿cómo se manipulan los extremos del agujero de
gusano, puesto que no son otra cosa que espacio vacío? No pueden ser
sencillamente agarrados y acelerados, como si fueran un trozo de materia, sino
que hay que actuar sobre ellos con algún tipo de fuerza eléctrica
o gravitacional.
Al mismo tiempo habría también que lograr que el diámetro
del agujero no se vea reducido a cero, mientras se va estirando. No obstante,
prescindiendo de estas dificultades, ¿cómo se fabrica un agujero
de gusano?. El grupo de Caltech asegura que,
precisamente a causa de las mencionadas fluctuaciones cuánticas, se
están formando constantemente agujeros de gusano virtuales en el
espacio. Pero, añade también que su tamaño es un problema:
según los cálculos alcanzan sólo 0,000 000 000 000 000 000
01 veces el tamaño de un núcleo de átomo. A escala
ultramicroscópica, el espacio sería, según esto, un
laberinto de tales estructuras y tendría esas complicadas estructuras
que los físicos denominan espuma espaciotemporal.
Lógicamente, si estos agujeros de gusano virtuales se pudieran separar
de la espuma espaciotemporal y se pudieran hinchar hasta proporciones
macroscópicas, podrían utilizarse en efecto entonces como
máquinas del tiempo. Dicho en otras palabras: todo espacio existente a
nuestro alrededor está plagado de diminutas máquinas del tiempo,
de cortísima duración de vida. Únicamente necesitamos un
método para describir cómo podríamos apoderarnos de ellas.
Hay que destacar, no obstante, que los
técnicos del grupo Caltech no intentan poner en práctica un
experimento de este tipo. Su verdadero motivo para efectuar el análisis
es puramente teórico. Pretenden aclarar si las leyes de la física
permiten, en principio, la existencia de máquinas del tiempo. Pero esto es
una cuestión muy profunda e importante, puesto que si se demostrara que
es posible efectuar un viaje al pasado, aunque sólo fuera en las
circunstancias más extraordinarias y mejor seleccionadas, se
vería amenazada toda la solidez de la física :el viaje en el
tiempo llevaría consigo algunas de las paradojas más conocidas y
que no son aceptadas. Célebre se hizo el ejemplo de ese viajero en el
tiempo que visitaría a su propia madre durante la niñez de
ésta y la asesinaría. Pero, si su madre hubiera muerto de
niña, entonces no podría haber nacido él. En este caso no
existiría él mismo, no habría podido emprender el viaje en
el tiempo, ni tampoco asesinar a su madre. Por otra parte, sin embargo, si su
madre no fue asesinada y él resulta que está vivo, entonces pudo
emprender el viaje en el tiempo y matar a su madre...
Paradojas de este tipo aparecen, no obstante, aunque
no se emprenda ningún viaje al pasado. Es suficiente con modificar el
pasado desde el presente para crear problemas muy graves y complicados. Supongamos
una máquina del tiempo que envíe únicamente una
señal al pasado (lo cual sería mucho más fácil de
conseguir que transportar una persona hasta allí). Al emisor de la
señal se le podría equipar con un mecanismo de
autodestrucción, cuyo impulso disparador sería la
recepción de la propia señal. Si se envía la señal,
por ejemplo, a las dos de la tarde y se recibe a la una, el aparato
explotaría a la una. Pero, en tal caso, no podría haber enviado
la señal a las dos. O sea, que no explosiona. Pero entonces envía
la señal ... y así sucesivamente.
Tales paradojas son muy apreciadas por los
escritores de ciencia-ficción y son incluidas una y otra vez en sus
historias. Pero en la física estas incompatibilidades no están
permitidas. Por eso nos encontramos ante la cuestión de qué
debemos pensar si se descubre que la máquina del tiempo, de acuerdo con
las leyes físicas conocidas, resulta ser una posibilidad seria. En ese
caso las leyes conocidas tendrían que ser de algún modo
erróneas y deberían ser sustituidas por otras que excluyan los
viajes en el tiempo. De ello resulta, sin embargo, que la investigación
teórica de los agujeros de gusano y de otras posibles máquinas
del tiempo supone un extraordinario filtro para conseguir teorías
físicas aceptables. Puede ser que, como resultado de estas
últimas y sorprendentes investigaciones, tengan que volverse a
estructurar de nuevo grandes partes de la física.
Naturalmente, también podemos reaccionar de
otro modo ante esta apremiante cuestión: aceptando que son posibles los
viajes en el tiempo y modificando al mismo tiempo nuestra idea de la realidad.
Normalmente hablamos del pasado y nos referimos así a una cantidad
definida de situaciones que han precedido al estado actual del universo y al
mismo tiempo han sido su causa. Todos los fenómenos paradójicos
que aquí hemos citado están en dependencia de la relación
causa-efecto. Nuestras actuaciones presentes determinan el futuro. Si conforman
también el pasado, ayudan al mismo tiempo a conformar el presente,
configurando las acciones que a su vez las han conformado a ellas. Nos
encontramos entonces ante un círculo vicioso de causas, pero que no
tiene por qué ser paradójico. Sin embargo, en realidad es
enormemente confuso cómo poder evitar que se produzcan este tipo de
círculos viciosos paradójicos.
Todavía hay otra vía a través
de la cual se podría solucionar el problema: la idea de que existen
muchas realidades. En la actualidad es muy popular la suposición de que,
al mismo tiempo que el universo en el que nosotros vivimos, existen
también miles de otros universos, tras los cuales hay otras causas
diferentes. Esta idea resulta de forma totalmente natural a partir de la
física cuántica, por lo que algunos de los científicos
más prominentes han tomado muy en serio este supuesto. Según su
versión físico-cuántica, habría muchos otros
universos tan parecidos al nuestro, que el hombre apenas si podría
encontrar ninguna diferencia. Algunos de esos universos se distinguirían
sólo por el estado de un único átomo. En aquellos
universos cuyas diferencias respecto al nuestro fueran muy pequeñas,
deberíamos imaginárnoslos también dotados de habitantes,
que prácticamente no se distinguirían de nosotros mismos. En el
edificio de esta teoría de los universos múltiples, el viaje en
el tiempo no plantea ningún problema, suponiendo que sólo sean
permitidos los viajes al pasado de otro universo. De esta forma, volviendo de
nuevo al ejemplo de la paradoja anterior, un viajero en el tiempo podría
encontrar en el pasado una niña, que no podría distinguirse de la
niña que fue su madre antes de nacer él. Si matase a esta
niña, no influiría sobre su propia suerte futura, puesto que, al
regresar al futuro, estaría otra vez en su propio universo en el que
todavía viviría su madre.
Sin embargo, antes de finalizar expongamos una idea
clara: aún en el caso de que podamos solucionar la paradoja que va unida
a los viajes en el tiempo, esto no significa, ni con mucho, que algún
día podamos emprender efectivamente viajes en el tiempo. Existe
todavía un fuerte argumento en contra. Suponiendo que nuestros
descendientes construyesen una máquina del tiempo, tomando un agujero de
gusano de la espuma espaciotemporal y aumentándolo el tamaño
suficiente, ¿qué sería lo primero que harían?. Probablemente regresarían al pasado para visitar a
aquellas personas que fueron las primeras en tener esta idea. Pero, por lo que
yo estoy informado, en el Caltech de Pasadena no han recibido todavía
ninguna visita procedente del futuro...
© 1996 Javier de Lucas