Pocas personas son conscientes del hecho de que muchos físicos modernos sostienen que las cosas (quizá incluso el universo entero) pueden de hecho producirse de la "nada" por medio de procesos naturales. En la primera parte de este ensayo se recogen algunas opiniones de expertos científicos que, basándose fundamentalmente en la Mecánica Cuántica, intentan explicar la aparición de la materia sin ninguna intervención "exterior". En la segunda parte se expone la opinión de la Iglesia Católica, con la síntesis de Józef Zycinski, Arzobispo de Lublin.

Fluctuaciones del vacío y partículas virtuales

En el mundo cotidiano, la energía está siempre inalterablemente fija; la ley de conservación de la energía es una piedra angular de la física clásica. Pero en el micromundo cuántico, la energía puede aparecer y desaparecer de la nada de una manera espontánea e impredecible. (Davies, 1983, 162)


El principio de incertidumbre implica que las partículas pueden aparecer por períodos cortos de tiempo incluso cuando no hay suficiente energía para crearlas. En efecto, son creadas a partir de incertidumbres de la energía. Uno podría decir que "toman prestada" brevemente la energía requerida para su creación, y luego, un corto tiempo después, pagan la "deuda" y desaparecen de nuevo. Ya que estas partículas no tienen una existencia permanente, se las llama partículas virtuales. (Morris, 1990, 24)


Aún cuando no podemos verlas, sabemos que estas partículas virtuales están "realmente allí" en el espacio vacío porque dejan un rastro detectable de sus actividades. Un efecto de los fotones virtuales, por ejemplo, es producir un minúsculo cambio en los niveles de energía de los átomos. También causan un igualmente minúsculo cambio en el momento magnético de los electrones. Estas diminutas pero significativas alteraciones han sido medidas con mucha precisión usando técnicas espectroscópicas. (Davies, 1994, 32)


Se ha predicho que [los pares de partículas virtuales] tendrían un efecto calculable sobre los niveles energéticos de los átomos. El efecto esperado es diminuto (un cambio de sólo una milmillonésima), pero ha sido confirmado por los investigadores.

En 1953, Willis Lamb midió este estado de energía excitado en un átomo de hidrógeno. Esto se llama hoy "desplazamiento Lamb" [Lamb shift]. La diferencia de energía predicha por los efectos del vacío en los átomos es tan pequeña que sólo es detectable como una transición en frecuencias de microondas. La precisión de las mediciones en microondas es tan grande que Lamb pudo calcular el desplazamiento hasta cinco dígitos significativos. Recibió el Premio Nobel por su trabajo. No queda duda ya de que las partículas virtuales están realmente allí. (Barrow & Silk, 1993, 65-66)


En la física moderna no existe el concepto de "nada". Incluso en un perfecto vacío hay pares de partículas virtuales que están siendo creadas y destruídas constantemente. La existencia de estas partículas no es una ficción matemática. Aunque no pueden ser observadas directamente, los efectos que crean son bien reales. La presunción de que existen nos conduce a predicciones que han sido confirmadas por experimentación con un alto grado de exactitud. (Morris, 1990, 25)


Fluctuaciones del vacío y el origen del universo

Hay algo así como diez billones de billones de billones de billones de billones de billones de billones (un 1 con ochenta y cinco ceros detrás) de partículas en la región del universo que nosotros podemos observar. ¿De dónde salieron todas ellas? La respuesta es que, en la teoría cuántica, las partículas pueden ser creadas a partir de la energía en la forma de pares partícula/antipartícula. Pero esto simplemente plantea la cuestión de dónde salió la energía. La respuesta es que la energía total del universo es exactamente cero. La materia del universo está hecha de energía positiva. Sin embargo, toda la materia está atrayéndose a sí misma mediante la gravedad. Dos trozos de materia que estén próximos el uno al otro tienen menos energía que los dos mismos trozos muy separados, porque se ha de gastar energía para separarlos en contra de la fuerza gravitatoria que los está uniendo. Así, en cierto sentido, el campo gravitatorio tiene energía negativa. En el caso de un universo que es aproximadamente uniforme en el espacio, puede demostrarse que esta energía gravitatoria negativa cancela exactamente a la energía positiva correspondiente a la materia. De este modo, la energía total del universo es cero. (Hawking, 1988, 129)


Hay una posibilidad aún más notable, que es la creación de materia desde un estado de energía cero. Esta posibilidad aparece porque la energía puede ser tanto positiva como negativa. La energía del movimiento o la energía de la masa es siempre positiva, pero la energía de la atracción, tal como la debida a ciertos tipos de campos gravitacionales o electromagnéticos, es negativa. Pueden presentarse circunstancias en las que la energía positiva que se utiliza para formar la masa de las partículas de materia recién creadas se cancela exactamente con la energía negativa de la gravedad o el electromagnetismo. Por ejemplo, en las cercanías de un núcleo atómico el campo eléctrico es intenso. Si pudiera hacerse un núcleo conteniendo 200 protones (posible pero difícil), el sistema se volvería inestable contra la producción espontánea de pares electrón-positrón, sin necesidad de ninguna entrada de energía. La razón es que la energía eléctrica negativa puede cancelar exactamente la energía de sus masas.

En el caso gravitacional la situación es aún más extraña, porque el campo gravitacional es sólo una curvatura espacial [spacewarp] (un espacio curvado). La energía encerrada en la curvatura espacial puede convertirse en partículas de materia y antimateria. Esto ocurre, por ejemplo, cerca de un agujero negro, y fue también probablemente la fuente más importante de partículas en el big bang. Así pues, la materia aparece espontáneamente en el espacio vacío. Se presenta entonces la pregunta: ¿la explosión primordial poseía energía, o está el universo entero en un estado de energía cero, con la energía de toda la materia cancelada por la energía negativa de la atracción gravitatoria?

Es posible resolver la cuestión por medio de un cálculo sencillo. Los astrónomos pueden medir las masas de las galaxias, su separación promedio, y sus velocidades de alejamiento. Al poner estos números en una fórmula se obtiene una cantidad que algunos físicos han interpretado como la energía total del universo. La respuesta de hecho resulta ser cero, dentro de los límites de precisión observacionales. La razón de este significativo resultado ha sido largamente una fuente de desconcierto para los cosmólogos. Algunos han sugerido que hay un principio cósmico profundo en funcionamiento, que requiere que el universo tenga energía exactamente cero. Si esto es así, el cosmos puede seguir la vía del menor esfuerzo, llegando a existir sin requerir entrada alguna de materia ni de energía. (Davies, 1983, 31-32)


Una vez que nuestras mentes aceptan la mutabilidad de la materia y la nueva idea del vacío, podemos especular sobre el origen de lo más grande que conocemos: el universo. Quizá el universo mismo saltó a la existencia de la nada: una gigantesca fluctuación del vacío que hoy conocemos como el Big Bang. Notablemente, las leyes de la física moderna permiten esta posibilidad. (Pagels, 1982, 247)

En la relatividad general, el espaciotiempo puede estar vacío de materia y radiación y aún así contener energía almacenada en su curvatura. Fluctuaciones cuánticas incausadas y aleatorias en un espaciotiempo plano, vacío, sin rasgos distintivos, pueden producir regiones locales con curvatura positiva o negativa. Esto se llama "espuma espaciotemporal" y las regiones se llaman "burbujas de falso vacío". Dondequiera que la curvatura sea positiva, una burbuja de falso vacío, según las ecuaciones de Einstein, se inflará exponencialmente. En 10-42 segundos la burbuja se expandirá al tamaño de un protón y la energía dentro de ella será suficiente para producir toda la masa del universo.

Las burbujas comienzan sin nada de materia, radiación ni campos de fuerza, y con entropía máxima. Contienen energía en su curvatura, y por lo tanto son un "falso vacío". A medida que se expanden, la energía en su interior se incrementa exponencialmente. Esto no viola la conservación de la energía, ya que el falso vacío tiene presión negativa ( todo esto se sigue de las ecuaciones que Einstein escribió en 1916), de manera que la burbuja en expansión ejerce trabajo sobre sí misma.

A medida que el universo burbuja se expande, ocurre una especie de fricción por la cual la energía se convierte en partículas. La temperatura baja entonces, y ocurre una serie de procesos de ruptura de simetría espontáneos, como en un imán enfriado bajo el punto de Curie, y aparece una estructura esencialmente aleatoria de partículas y fuerzas. La inflación se detiene y nos movemos dentro del más familiar Big Bang.

Las fuerzas y partículas que aparecen son más o menos aleatorias, gobernadas sólo por principios de simetría (como los principios de conservación de la energía y el momento) que tampoco son producto de diseño, sino exactamente lo que se tiene en ausencia de diseño.

Las llamadas "coincidencias antrópicas", en las cuales las partículas y fuerzas de la física parecen estar finamente ajustadas para la producción de formas de vida basadas en el carbono, se explican por el hecho de que la espuma espaciotemporal tiene un número infinito de universos explotando, cada uno diferente. Simplemente sucede que estamos en aquél donde las fuerzas y partículas se prestaron a la generación de carbono y otros átomos con la complejidad necesaria para hacer evolucionar organismos vivientes y pensantes. (Hawking 1997)


¿De dónde vino en un principio toda la materia y radiación del universo? Intrigantes investigaciones teóricas recientes de físicos como Steven Weinberg, de Harvard, y Ya. B. Zel'dovich, de Moscú, sugieren que el universo comenzó como un vacío perfecto y que todas las partículas del mundo material fueron creadas a partir de la expansión del espacio...

Pensemos en el universo inmediatamente después del Big Bang. El espacio se está expandiendo violentamente con un vigor explosivo. Sin embargo, como hemos visto, todo el espacio está hirviendo de pares virtuales de partículas y antipartículas. Normalmente, una partícula y una antipartícula no tienen problemas para reunirse en un intervalo de tiempo [...] lo suficientemente corto como para que la conservación de masa se satisfaga dentro de los límites del principio de incertidumbre. Durante el Big Bang, sin embargo, el espacio se estaba expandiendo tan rápido que las partículas fueron rápidamente apartadas de sus correspondientes antipartículas. Privadas de la oportunidad de recombinarse, estas partículas virtuales tuvieron que volverse partículas reales en el mundo real. ¿De dónde vino la energía que permitió esta materialización?

Recordemos que el Big Bang era como el centro de un agujero negro. Una vasta provisión de energía gravitatoria estaba asociada, por tanto, con la intensa gravedad de esta singularidad cósmica. Este recurso proveyó una gran cantidad de energía para llenar el universo con todas las clases concebibles de partículas y antipartículas. Así, inmediatamente después del tiempo de Planck, el universo fue inundado con partículas y antipartículas creadas por la expansión violenta del espacio. (Kaufmann, 1985, 529-532)


La idea de una Primera Causa suena algo sospechosa a la luz de la moderna teoría de la mecánica cuántica. De acuerdo a las interpretaciones más comúnmente aceptadas de la mecánica cuántica, las partículas subatómicas individuales pueden comportarse en formas impredecibles, y hay numerosos eventos aleatorios incausados. (Morris, 1997, 19)


Referencias


Opinión de la Iglesia                                  

La física actual, sobre todo en sus ramas más desarrolladas, entre las cuales se encuentran las teorías cuánticas de campos y la cosmología relativista, no puede ser cultivada según las radicales prescripciones de la metodología ofrecida en el pasado por el positivismo lógico. Al abandonar las estrechas reglas del positivismo se ha llegado a suavizar radicalmente las anteriores reglas de la metodología. En la práctica esto llevó a un estilo de investigación que ya se practicaba en los estudios de la llamada “físico-teología”. Este último modo de tratar las cosas inspiraba en otro tiempo las discusiones de los científicos de la naturaleza, en las cuales el uso del cálculo diferencial y la pregunta sobre las condiciones de la gravitación iban unidos con las consideraciones sobre la perfección de la máquina del mundo y sobre el papel de Dios en la naturaleza matematizada. En estos análisis, los nuevos descubrimientos de la física se juntaban con una arriesgada filosofía, y también con el comentario ideológico que expresaba la convicción de sentido comun dominante en la época.

Los trabajos, muy diferentes en cuanto al estilo y contenido, en los cuales se juntan los elementos de física, filosofía y hasta teología, llevan ahora apellidos como Davies, Wheeler, Barrow, Sagan, Gribbin, Penrose y Tipler. En estos trabajos, con mucha frecuencia encontramos propuestas innovadoras de unir la física, la meditación, la estética, la filosofía y la mística. Los autores de estos trabajos abordan discusiones sobre la creación “ex nihilo”, sobre la naturaleza del tiempo, sobre la necesidad de las categorías finalistas en la física, y sobre Dios como fin de los procesos de la evolución cósmica.

Los autores recién citados representan una tan enorme diversidad de estilos, que puede ser injusto formular opiniones generales sobre la metafísica propuesta por ellos. No obstante, al mirar el asunto desde el punto de vista estadístico, se puede notar una interesante regularidad: los representantes de la “nueva” física que están filosofando no huyen de las “soluciones” rápidas a las complejas cuestiones filosóficas. Como una consecuencia negativa de este interesarse por la metafísica a manera de aficionados, suelen aparecer trabajos en los cuales, al concentrar principalmente la atención en las disgresiones y analogías referidas a la naturaleza, se van resolviendo definitivamente, en un mismo párrafo, las cuestiones de la existencia de Dios, la del alma, el problema del sentido de la vida, etc.

Algunos de estos científicos de la naturaleza que están filosofando, parece que estuvieran pagando las deudas intelectuales contraídas en el pasado por aquellos filósofos que trataban de resolver “ex catedra” las complejas cuestiones científicas acerca de la naturaleza, no tomándose antes la molestia de entender su carácter. Si esta postura la encontramos acompañada además por una autoridad científica que se posee previamente, y también por un estilo sugestivo y por un cierto garbo, nos vemos abocados a una situación en la cual un metaforismo paraintelectual se ofrece como el equivalente moderno de los análisis racionales pertenecientes al grupo de las grandes preguntas de la filosofía clásica. Los trabajos que anuncian esta temática hablan ya en sus títulos de “nueva física” o “nueva biología”. Esta terminología expresa una especie de conveniencia, puesto que en cada una de las disciplinas que se están desarrollando han de coexistir teorías viejas y nuevas. La “nueva” física, desde los tiempos de la revolución de Planck y Einstein, se desarrolla sin cesar, mientras que las controversias en torno a sus múltiples problemas siguen lejos de llegar a soluciones unívocas.

Física y mística en la formulación de Capra

La corriente que propaga la humanización poética -ampliamente entendida- de la física se encuentra representada por los trabajos de Fritjof Capra, entre los cuales destacan “El Tao de la Física” y “Punto crucial”. Su autor, en una conversación con Renée Weber, reconoce que el primero de estos dos libros ha sido acogido por los físicos con escepticismo y, al mismo tiempo, afirma que antes de que la editorial inglesa Wildwood House tomara la decisión de editarlo, otras doce editoriales ya lo habian rechazado.

Al hablar sobre la génesis de sus intereses intelectuales, Capra nos dice que sus encuentros juveniles con Heisenberg le despertaron el interés por la poesía de Rabindranaz Tagore y por el pensamiento del Oriente. Lo demás lo completó la revolución cultural de 1968, experimentada por él entre la Sorbona parisiense y los centros de la contracultura de California. Los campus universitarios, en los cuales cada día se exhortaba a buscar los modos alternativos de pensar, formaban un ambiente favorable para buscar nuevos modelos de interpretación, también en la física. El efecto de esas fascinaciones, búsquedas y consideraciones es el libro publicado en 1972, titulado “El Tao de la Física”, cuyo contenido atrae la atencón de muchos filósofos y críticos de la cultura. En cambio, la mayoría de los físicos valora este trabajo de una manera lacónica: lo que en él es posible aceptar no aporta nada nuevo ni a la física ni a la filosofía, y lo que aparece en él como algo nuevo está sumamente lleno de controversias.

Capra expresa su fascinación por el pensamiento del Oriente, incluso cuando en la tradición a la cual él hace referencia predominan generalidades triviales. Así, por ejemplo, describe su encuentro con Krishnamurti en 1969 como un gran acontecimiento intelectual. Cuando este famosísimo protegido de la Sociedad de teosofía visitó la Universidad de Santa Cruz para dar unas conferencias, Capra pudo escuchar fascinado diversas variaciones sobre el tema, tales como: deja de pensar, abandona lo que sabías antes, vacíate, para encontrar la plenitud. En estos comentarios, Capra descubrió los profundos contenidos que luego inspiraron sus posteriores logros. Entretanto hay que advertir que la observancia de estas indicaciones causa ciertos problemas a los científicos de la naturaleza. ¿Cómo se puede cultivar la física olvidando el contenido de los estudios anteriores y dejando de pensar? Capra se dirigió a Krishnamurti con sus dudas, se las presentó y oyó en respuesta: Primero eres hombre y luego físico, cultiva la física, pero sé consciente de que fuera de ella existe otra realidad mucho más amplia y que los conceptos de la ciencia tienen carácter aproximativo.

Es difícil polemizar con el consejo de Krishnamurti, pero también es difícil tenerlo por algo particularmente innovador. La mayoría de los científicos de la naturaleza conoce los límites de los conceptos científicos, aunque para esto no tenían por qué utilizar la sabiduría del Oriente. Puede sorprender que, antes del mencionado encuentro en Santa Cruz, Capra no fuese consciente de que antes de ser físico hay que ser hombre. Es dudoso que, para superar tal ignorancia, el mejor modo sean los consejos del tipo: “deja de pensar”. La aversión tanto a pensar como a la precisión cartesiana hacen que Capra se valga de los conceptos de modo impreciso, y esto es quizá lo que conecta con la intuición de las personas que aprecian el misterio y la ambigüedad. Esto tiene lugar, por ejemplo, en expresiones del tipo siguiente: “la forma es el vacío y el vacío es la forma”, “el modo de captar la realidad es una ilusión..., pero tiene carácter aproximado” . La crítica programática a la tradición racional del Occidente, y sobre todo el menosprecio del cuidado cartesiano del “ergo” -relaciones elementales de las implicaciones lógicas-, conducen a Capra a construir tesis que pueden parecer simpáticas a un cierto tipo de destinatarios, pero tienen un punto débil, a saber, que no se derivan de las premisas que son consideradas como justificadas.

En los trabajos de Capra hay muchas tesis parecidas. Se dice, por ejemplo, que los físicos que practican el budismo Zen llevan a cabo su trabajo durante seis horas, mientras que sus colegas, para el mismo trabajo, necesitan diez; que los físicos que aprecian la intuición, como Einstein, Bohr o Bohm, han de estar comprometidos políticamente; que el paradigma de la nueva ciencia conduce a cuestionar las estructuras conseguidas hasta ahora, tanto en la ciencia como en la vida social e incluso en la religión; que la organización jerárquica de la vida académica mostraba hasta ahora claras analogías con la jerarquía religiosa, la cual tomaba en consideración las relaciones entre Dios, los arcángeles y los arzobispos. Sin precisar en qué consisten las mutuas relaciones entre los ángeles y el episcopado, Capra subraya que en dicha jerarquía no se entendían las reglas del feminismo, ya que tanto Dios como el Papa y los obispos son de sexo masculino. Cuando Renée Weber advierte que María es una mujer, recibe la siguiente explicación: “¡Hay que ver qué cosa más curiosa! María procede de la religión prepatriarcal. María es una diosa antigua, ya que Dios era mujer antes de ser hombre” .

Semejante estilo de argumentación hace que la visión de un nuevo paradigma en los trabajos de Capra sea considerada por los científicos de la naturaleza como “simplicista, ingenua, programáticamente antirracional”. Utilizando adjetivos parecidos, Stephen Jay Gould escribe lo siguiente, refiriéndose a “Punto crucial”: “Este libro me irritaba cada vez más por sus fáciles analogías, la desconfianza respecto a la razón, el uso de ideas de moda. Bajo un punto de vista, me siento más cercano a los racionalistas cartesianos -por lo menos tenemos fundamentos comunes de discordia- que a la ecología californiana de Capra. Quizá porque soy un holista neoyorkino”..

Para hacer justicia, hay que reconocer que en los trabajos de Capra hay muchas tesis razonables: la crítica del dualismo cartesiano y del estilo de pensar de tipo mecanicista, el cuidado de la ecología, y la acentuación de los aspectos de la realidad que están más allá de la física. Estos son elementos indudablemente positivos. No obstante, para calificar como positivos estos elementos, no es necesario construir una física taoísta. Basta una reflexión crítica sobre las relaciones entre física y filosofía, sobre las limitaciones del método científico, o sobre la recepción social de los descubrimientos de la ciencia. Del hecho de que el físico, al salir del Instituto, escuche con gusto a Mozart, no se puede extraer como conclusión la sugerencia de que entramos en una nueva época de la física mozartiana. El punto débil de las publicaciones bestseller de Capra consiste en que el comentario ideológico predomina decididamente sobre las conclusiones justificadas.

Metafísica y mística en Hawking

Stephen Hawking y Roger Penrose han demostrado conjuntamente en 1970 una tesis muy importante, referida a las singularidades en los modelos cosmológicos. Este logro les introdujo en el círculo de los clásicos de la cosmología actual, ya que desde entonces, en los trabajos que tratan de los estadios iniciales de la evolución del universo, están citadas las relaciones expresadas en la tesis de Hawking-Ponrose. La unión en los estudios e investigaciones, en los intereses y logros, no les llevó, sin embargo, a elaborar las mismas opiniones filosóficas. Los trabajos publicados por ellos en los años ochenta, en el campo de la filosofía cosmológica, muestran que Hawking representa la posición cercana al positivismo; en cambio, Penrose se pronuncia claramamente en favor del platonismo. En los dos autores encontramos la expresión de la fe en la racionalidad de la naturaleza y en la racionalidad del método científico. Tal fe es un fenómeno natural en el cosmólogo. Sin su aceptación, no se podría emprender ninguna discusión acerca del universo como un todo, considerado en la perspectiva de veinte mil millones de años de evolución cósmica. No obstante, la concepción de la racionalidad es en los dos casos radicalmente diferente.

Cuando en el año 1983 Hawking publicó junto con Hartle sus ideas sobre la creación cuántica del universo, vinculó a ella una interpretación atea. En su opinión, si un fenómeno físico se puede describir por medio del formalismo matemático, entonces Dios resulta innecesario, y se puede hablar de su expulsión de la imagen del mundo mediante el desarrollo de las ciencias experimentales. En esta opinion se ve que Hawking infundadamente identifica al Dios del teísmo cristiano con el Dios de Clarke, el Dios que en las polémicas del siglo XVIII era introducido para llenar los huecos de la ignorancia científica. El Dios de Clerke aparecía como el proverbial “deus ex machina”, cuando en las teorías de la física no se sabía explicar cientificamente cuestiones importantes.

Leibniz prevenía frente a una tal teología ingenua, que remienda los huecos de la ignorancia científica mediante la hipótesis de Dios, indicando las simplificaciones, tanto metodológicas como teológicas, de esa teología. Sus oponentes opinaban lo contrario, pues decían que Dios nos deja los huecos cognoscitivos para que, gracias a ellos y a través de ellos, podamos con más facilidad descubrir su presencia en el universo; y que las fronteras del conocimiento iban a formar el terreno en donde se descubría la presencia de Dios. Y, aunque en la teología actual nadie trata seriamente tal interpretación, Hawking escribe su trabajo como si no existiera la correspondencia donde Leibnitz critica al enfoque de Clarke.

De una manera parecida a los positivistas del final del siglo XIX, Hawking admite la posibilidad de que la física actual está llegando a su fin y que, después de encontrar la teoría de unificación, conoceremos todas las leyes que rigen la naturaleza. En un articulo dedicado a esta problemática, titulado “¿Está a la vista el fin de la física teórica?”, aprueba la posibilidad de elaborar “una teoría completa, coherente y unificada de las interacciones físicas, la cual describiría todas las posibles observaciones”. Formulaciones igualmente radicales se pueden encontrar en los trabajos de muchos otros autores, quienes sugieren que la Teoría fisica del Todo aportará la solucion científica para la totalidad de los problemas que atormentan al hombre. En las soluciones de estos autores concernientes a la futura unificación, o a la denominada Teoría del Todo (TOE, por “Theory of Everything”), aparecen aserciones categóricas de este tipo: “Por primera vez en la historia disponemos de una teoría racional y científica de toda existencia” (“scientific theory of all existence”), gracias a la cual “todos los fenómenos naturales pueden ser puestos en un esquema descriptivo”.

Psicológicamente es fácil explicar el hecho de que en las siguientes generaciones de investigadores se oyen de nuevo las nostalgias positivistas por un sistema ordenado del conocimiento, en el cual para cada pregunta se podría conseguir una respuesta inequívoca y racionalmente justificada. El racionalismo de Hawking encuentra su justificación adicional en la fascinación personal hacia las matemáticas y en la aversión hacia la mística poetizante al estilo de Capra. Ya durante sus estudios en Cambridge, el futuro creador de la física de los agujeros negros era llamado por sus colegas el “cerebro perfecto”. La posterior enfermedad y las limitaciones que la acompañan favorecían que la sensibilidad se dirigiera hacia la belleza del formalismo matemático, y no hacia la percepción del misterio o de la estética de la naturaleza. Las fórmulas metafísicas acerca de la contingencia o armonía del mundo no se dejan traducir a un lenguaje matemático, y por eso fueron consideradas como una forma de poesía de la naturaleza carente de valor cognoscitivo. La básica apertura hacia la mística de la naturaleza, característica de la ciencia actual, es considerada por él como el rasgo característico de la postura intelectual de las personas que no completaron sus conocimientos de las matemáticas y, por tanto, prefieren refugiarse en un comentario retórico lleno de vagas generalidades.

Hawking dirige acusaciones de “misticismo chapucero” no solamente a Bohm, Capra o a simpatizantes de la física “alternativa”, sino que también dirige una crítica clara contra la “religión cósmica” de Einstein, junto con su componente característico que se refiere a la mística de la naturaleza. Ironías del destino: una de las paredes de su despacho universitario está adornada con una cita de Einstein, en la que el autor de la teoría de la relatividad afirma: “La más bella sensación que podemos experimentar tiene carácter místico. Ella constituye la fuerza de cada arte y ciencia verdaderos. El hombre para quien es extraño este sentimiento, en cierto sentido está muerto. Ese sentimiento, ese conocimiento constituye a la esencia de la verdadera religiosidad”.

No se puede responder a las reflexiones de Einstein con la simple sugerencia de Hawking, de que su autor se escondía en la poesía porque no entendía las matemáticas. La belleza matemática de las ecuaciones de campo aparecía en la perspectiva cognoscitiva de Einstein como manifestación de una belleza más fundamental, que podemos percibir en la relación suprarracional con la naturaleza. Las condiciones biológicas han sido causa, en el caso de Hawking, de que la relación del investigador con el cosmos se quedara reducida al componente racional. El drama de la enfermedad experimentada limitaba por necesidad la sensibilidad al aspecto estético de la naturaleza. En consecuencia, en Hawking encontramos una concepción filosófica de la naturaleza que es distinta de las de Einstein o Dirac. Además, no es fácil emplear medios eficaces para reaccionar frente a las diferencias existentes. Una valoración inequívocamente escéptica de esta situación la expresó, entre otros, Paul Dirac, quien -en su entrevista para Newsweek- puso de relieve al mismo tiempo el papel de la belleza en la ciencia: “Hay que tratar de imaginarse qué es el universo, como hacemos accesible para nosotros la belleza de un cuadro o de la música; no se puede describirlo. Si no se la siente, simplemente hay que reconocer que nos falta sensibilidad para esto. Nadie es capaz de explicárnoslo”.

A la hora de formular semejantes valoraciones, el factor subjetivo de los sentimientos juega un papel importante. Los sentimientos difieren en cada uno de los investigadores y pueden experimentar una notable evolución en el tiempo. La naturaleza que fascinaba a Einstein con la hermosura de la descripción matemática, aparece para Hawking despojada de la belleza; para Monod era sobre todo el juego cósmico del azar y la necesidad; para Leibniz o Whitehead el campo de la intrigante armonía de los acontecimientos. La unidad de interpretación, que se presenta en la comprensión de la fórmula E=mc2 , desaparece en el momento que intentamos determinar los aspectos filosóficos y estéticos de la teoría de Einstein.

Los trabajos de Drees, Penrose o Davies, populares en la actualidad, manifiestan que al mismo formalismo matemático que describe la creación cuántica del universo, se pueden asociar interpretaciones filosóficas profundamente distintas de aquellas que propone Hawking. La cuestión abierta consiste en preguntarse: ¿Cúal de las propuestas alternativas aparece como la mejor justificada? Indudablemente, sería un error metodológico atribuir el mismo peso tanto a las propuestas fisicas de Hawking como a su ingenua filosofía, la cual él asocia con aquellas propuestas.

La visión cristiana de la integración cognoscitiva del cosmos

Una visión de gran integración intelectual, que tiene en cuenta tanto las reflexiones teológicas como los nuevos descubrimientos de las ciencias experimentales, ha quedado desarrollada detalladamente en la carta de Juan Pablo II dirigida al Padre George Coyne, escrita con motivo de los 300 años de la publicación de los “Principia” de Newton. El Santo Padre subraya en ese documento que su gran deseo es “que el díalogo entre ciencia y fe continúe y que se profundice y amplíe. En este proceso tenemos que superar cualquier tendencia regresiva hacia un reducionismo unilateral, los temores y el aislamiento impuesto por nosotros mismos. Es de particular importancia que cada disciplina enriquezca a otras y las inspire, para que, por un lado, se realicen en el grado más pleno llegando a ser lo que pueden ser, y por otro, contribuyan a nuestra visión de quiénes somos y quienes llegamos a ser”.

A principios de nuestro siglo, Claude Bernard aconsejaba que el biólogo que llega a su laboratorio deje no solamente su abrigo en el guardarropa, sino también sus concepciones del mundo. Esta sugerencia era adecuada bajo el punto de vista metodológico. Sin embargo, en su realización resultó que es mucho más fácil dejar el abrigo en el guardarropa que las convicciones metacientíficas. Estas últimas se forman en mutuo contacto con los descubrimientos científicos, llevan a plantear nuevas preguntas y no se dejan separar de las muchas cuestiones esenciales para nuestra filosofía de la vida. En la metodología tradicional se ponía de relieve la necesidad de aislar la religión de la ciencia, para evitar la ingenua fisico-teología o simplificadas explicaciones, las cuales tienen como símbolo el nombre de Samuel Clarke. Actualmente, la conciencia de la diferencia epistemológica entre teología y física debería ir acompañada por el diálogo entre ellas, formando una imagen íntegra y coherente del mundo. Como subraya el Santo Padre en la carta dirigida a Coyne: “La gente si quiere crecer y madurar no puede vivir más tiempo en grupos mutuamente separados, limitándose a cultivar intereses totalmente diferentes, dentro de los cuales realizarían la valoración y evaluación de su mundo. La sociedad dividida se inclina a una visión fragmentaria del mundo. Por el contrario, la sociedad de intercambio anima a sus miembros a ampliar sus perspectivas parciales y a crear una visión nueva y unificada. Como ya hemos subrayado, la unidad que buscamos no es identidad. La Iglesia no le propone a la ciencia que se haga religión ni a la religión que se haga ciencia”.

El mensaje de Juan Pablo II, dirigido el día 22 de octubre de 1996 a la Academia Pontificia de las Ciencias, concreta esas palabras en la imagen evolutiva de la naturaleza. El Papa subraya en él que la Academia Pontificia de las Ciencias constituye el “senado científico” de la Iglesia, que tiene como vocación el servicio a la verdad que hace posible un auténtico y sincero diálogo entre la Iglesia y la ciencia actual. En el umbral del tercer milenio, el cristiano no puede ignorar el papel excepcional de la ciencia en las transformaciones de la civilización actual. Ha de buscar respuestas constructivas a las preguntas acerca de las relaciones entre las visiones científica y religiosa del mundo, que preocupan a muchas mentes. En estas preguntas es difícil evitar la referencia a la problemática de la evolución. Juan Pablo II, al hacer la referencia a las anteriores declaraciones de Pio XII, subraya que no se puede tratar ya a la teoría de la evolución únicamente como una hipótesis. Las investigaciones científicas, desarrolladas independientemente entre sí, en diversas disciplinas, conducen a una conclusión común: muestran el universo en evolución como una realidad, y las diversas teorías de la evolución intentan explicar esa realidad. La variedad de tales teorías depende tanto de los diferentes supuestos científicos (por ejemplo, en la determinación de los mecanismos de la evolución), como de los distintos supuestos filosóficos, que inspiran una visión unitaria del mundo.

En la visión del Papa, la fe optimista en las capacidades intelectuales del hombre surge de la convicción de que la sabiduría del Creador es el fundamento último de la sabiduría y la creatividad humanas, y que el Creador comparte con sus criaturas la riqueza de sus dones, conduciendo al mundo, que está en evolución, hacia la plenitud divina. La fe del Papa en la razón y en las posibilidades cognoscitivas del hombre, sorprende con su optimismo en el panorama intelectual en el que domina el pesimismo del fin de siglo. El Santo Padre subraya que el cristiano, al someter a crítica las varias teorías propuestas sobre la evolución, ha de guiarse utilizando las reglas para explicar los textos bíblicos, y que se encuentran definidas en el documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, del 23 de abril de 1993. Este documento pone de relieve, entre otras cosas, que no se puede interpretar el relato bíblico de la creación literalmente. Por lo tanto, hay que rechazar las formas de interpretación propagadas en el llamado creacionismo científico o en diversas versiones del fundamentalismo. La interpretación del Papa seguramente desilusionará a todos aquellos que estimaban más su versión privada del tradicionalismo que la verdad objetiva. El cristiano que aprecia más los cómodos esquemas intelectuales que la obligación de la continua búsqueda de la verdad, introduce de esta manera un abismo dramático entre su perspectiva intelectual y Cristo-Verdad personificada.

Evolución en la concepción evolutiva de la naturaleza

En el periodo del último medio siglo, bajo la influencia del desarrollo de las ciencias naturales, se han efectuado profundas transformaciones en las interpretaciones filosóficas de la naturaleza. Hay que recordar que, todavía en los años sesenta, algunos representantes del materialismo dialéctico cuestionaban la teoría de la expansión del universo, considerándola como una manifestación del idealismo en la física y en la radioastronomía. En cambio, entre los autores que por un lado aceptaban la teoría de la expansión, pero por otro deseaban evitar la embarazosa pregunta acerca del origen absoluto del universo, gozaba de gran popularidad la teoría del estado estacionario, formulada por F. Hoyle, T. Gold y H. Bondi en 1948. Para evitar las preguntas metafísicas unidas a la hipotética creación del universo antes del Big Bang, estos autores sugerían que el proceso de la creación de la materia de la nada es un proceso físico normal que se realiza continuamente.

La teoría del estado estacionario quedó falsificada en la práctica, cuando en el año 1964 se descubrió la radiación de fondo, que constituye el residuo del primitivo Big Bang. Desde este descubrimiento, la atención de los cosmólogos está atraída por la búsqueda de los mecanismos físicos de la creación que serían capaces de explicar, sobre la base de las leyes de la cosmología cuántica, la formación del substrato físico. Como trabajos clásicos pertenecientes a este contexto explicativo se encuentran los de R. Brout, F. Englert, E. Gunzig, S. W. Hawking, J. B. Hartle y A. Vilenkin. La idea principal de estos trabajos consiste en la descripción cuántica de la emergencia de las partículas elementales mediante las fluctuaciones del vacío cuántico, la curvatura espacio-temporal, etc. En los intentos de estos autores, dichos trabajos pretenden describir y explicar la creación del universo “ex nihilo”, manteniendo el mismo significado que el término “nada” tiene en la metafísica clásica.

Independientemente de las dificultades científicas que aparecen en las descripciones físicas del mecanismo de la creación, las principales controversias surgen a la hora de las interpretaciones filosóficas de dichos mecanismos. En todas las formulaciones propuestas se supone, por lo menos implícitamente, que el estado inicial de la evolución del universo se puede describir mediante fórmulas matemáticas. Empleamos para este estado las reglas de la lógica, conocidas por nosotros. Suponemos la vigencia de las leyes universales de la cosmología cuántica. Ninguno de estos supuestos tiene un carácter trivial. Suponen que, junto con la emergencia de las partículas físicas, existe ya la realidad abstracta de las relaciones estables, estructuras ordenadas y mutuas referencias. A esta última realidad se le podría otorgar brevemente el nombre de “logos”.

Su existencia es tal que sin el reconocimiento de su carácter real, no podríamos explicar racionalmente la génesis de los procesos naturales concretos y la aparición de las partículas físicas accesibles para la observación. Así pues, la realidad de los condicionamientos abstractos aparece como ontológicamente primaria, de la cual, después de determinar las condiciones específicas, surge el mundo de los objetos físicos; esta última expresión hay que entenderla en el sentido tradicional. Puede ser que con el desarrollo de las ciencias experimentales también el “vacío físico”, que ahora se describe en términos abstractos de la matemática, se acercará más a nuestras categorías cognoscitivas, como ha sucedido para nuestra generación con el “átomo divisible”, cuya naturaleza despertó tantas controversias al final del siglo XIX. En cambio, actualmente, a esa fundamental realidad del logos abstracto en los comentarios filosóficos acerca de la creación original, se la compara con las ideas platónicas, se le otorgan nombres como “mente de Dios”, “Logos cósmico”, “campo de racionalidad” o “campo formal”.

Llama la atención el desplazamiento de los acentos en la interpretación filosófica del cosmos evolutivo. Hace aún 20 años, al demostrar las importantes tesis de Hawking y Penrose, se acentuaba principalmente el destacado estado de la singularidad inicial, intentando identificarlo con el momento de la creación del universo y buscar mecanismos físicos de la creación. Actualmente, se pone de relieve que la descripción física de esos procesos y mecanismos requiere, por lo menos de un modo implícito, aceptar unos supuestos referidos a la estructura del mundo. Si la naturaleza evolucionara de una manera totalmente irracional y sus procesos siguieran las mismas reglas lógicas que aparecen en nuestros sueños, entonces no sería posible cultivar las ciencias naturales en su forma actual. Podríamos solamente mirar a la naturaleza como si fuera una obra del arte dadaísta; sin embargo, no sería posible formular las leyes universales de la naturaleza ni tampoco utilizar a estas últimas en el ámbito de la técnica. Por tanto, la misma existencia de la ciencia moderna tiene profundas implicaciones, tanto metafísicas como teológicas. En este contexto, aparece particularmente importante la opinión de Michal Heller, quien afirma que necesitamos una disciplina llamada teología de la ciencia. (!!)

Acentos cualitativamente nuevos aparecen en la reflexión teológica acerca de la concepción cuántica de la creación del universo, propuesta por Hartle y Hawking. Al comentar el modelo que, en la intención de Hawking, iba a eliminar a Dios del proceso de la creación del universo, Chris J. Isham escribe que exactamente esta concepción nos muestra a Dios como el fundamento del ser. Dios aquí no rellena de una manera espectacular los huecos de la imagen física del mundo, como lo hacía en la cosmología que se vincula con el nombre de Clarke, sino que es omnipresente en los procesos que poseen rasgos de orden y regularidad. Él no es un dios que revela su presencia en el hundimiento de las leyes físicas conocidas, sino que es la razón del ser de estas leyes, que hace posible una reflexión racional acerca de las interrelaciones de dependencia que tienen carácter universal y no solamente local. En este contexto, Isham vincula la concepción de la creación “ex nihilo” con la versión clásica de la “creatio continua” y además va mostrando metafóricamente al Creador que abarca todo el mundo con su mano divina, y lo hace de tal manera que no se pueden encontrar huecos interpretativos como los buscados por los simpatizantes de Clarke.

El desarrollo de las ciencias naturales ha causado también profundas transformaciones en la interpretación filosófica de la antropogénesis. Con el progreso en las investigaciones científicas, es imposible hoy día tratar la concepción de la evolución de las especies únicamente como una hipótesis. En cambio, lo que continúa son las discusiones que intentan determinar los mecanismos de la evolución. Esas discusiones se encuentran liberadas de las contradicciones metafísicas que en el pasado los críticos fundamentalistas de la teoría de la selección natural intentaban vincular con esta última. Independientemente de cómo evoluciona la naturaleza -de acuerdo con la concepción de Niles Eldredge o de Motoo Kimura y Tomoko Ohta- el proceso de las transformaciones evolutivas no es únicamente para un filósofo teista un juego del azar ciego. La razón óntica que condiciona el desarrollo racional de los procesos evolutivos está formada por el Logos Cósmico. Él es para el cristiano el Dios escondido en los procesos cósmicos, y la realidad trascendental no reductible a ningún conjunto de los procesos físico-biológicos observados.

A nuestro entender, de la naturaleza en evolución, en lugar de los anteriores misterios aparecen otros nuevos. Como algo enormemente intrigante nos aparece la pregunta acerca de las grandes desproporciones entre el tiempo de la evolución del cosmos y el tiempo de la existencia de la especie humana. La cosmología relativista nos muestra los procesos cósmicos de hace veinte mil millones de años. La paleontología muestra los restos de nuestros antepasados apenas de hace veinte mil años. Esta desproporción despierta la asombrosa pregunta: ¿por qué el universo, cuando pasaba en su evolución por las fases leptónica o hadrónica, carecía en esos estados del observador humano?, ¿por qué la reflexión racional, propia de la especie “homo sapiens”, apareció tan tarde?

Los intentos de responder a estas preguntas se encuentran en el denominado “principio antrópico”, el cual, en su formulación débil, indica que, para que pudiera formarse la vida basada en los compuestos del carbono, era necesario un cosmos viejo y extenso. La existencia de la reflexión humana exige condiciones específicas; el hombre no es de ninguna manera el resultado necesario de una evolución que se ha desarrollado en condiciones arbitrarias. Los descubrimientos de las ciencias naturales han cambiado radicalmente el horizonte de esta reflexión. Todavía en el siglo XVII, el obispo de la Iglesia Anglicana, arzobispo James Ussher, intentaba demostrar que Dios creó el universo en octubre del año 4004 antes de Cristo. Nuestra generación ha tenido que multiplicar este valor por cinco millones. El cambio de perspectiva hubiera podido causar perturbaciones intelectuales, sobre todo cuando, bajo la influencia del positivismo, las relaciones entre física y teología se intentaban formular en categorías de la lucha de clases marxista. En la actualidad, sobre el terreno de la visión cristiana del diálogo entre ciencia y fe, recibimos proposiciones concretas de una integración intelectual, en la cual el cosmos en evolución revela la presencia del Logos Divino, tanto en los procesos de la cosmogénesis como en los de la antropogénesis.

REFERENCIAS

John Brockman, “La tercera cultura”, Tusquets, Barcelona 1996.

Robert J. Russell, William R. Stoeger y George V. Coyne, editores, “John Paul II on Science and Religion: Reflections on the New View from Rome”, Vatican Observatory, Vatican City State 1990.

“The Tao of Physics Revisited”, en: “The Holographic Paradigm”, Shambhala, Boston 1982, p. 216.

Ibid., p. 238.

Ibid., p. 237.

Paul C. W. Davies, “Superforce”, Heinemann, Londres 1984, 5ss.

Renée Weber, “Dialogues with Scientists and Sages: The Search for Unity”, Routledge, Londres 1986, p. 210.

Ibid. p. 203.

H. F. Judson, "Where Einstein and Picasso Meet", Newsweek, 17 de noviembre de 1980, p. 23.

Robert J. Russell, William R. Stoeger y George V. Coyne, editores, “Physics, Philosophy and Theology: A Common Quest for Understanding”, Vatican Observatory, Vatican City State 1988, p. M7.

“Physics, Philosophy and Theology: A Common Quest for Understanding”, p. M8.

Ch. J. Isham, “Creation as a Quantum Process”, en: “Physics, Philosophy and Theology: A Common Quest for Understanding”, p. 405.

                            © 1998 Javier de Lucas