UNIVERSO SIN LIMITES

E1 problema del origen del universo es un poco como
la tan trillada pregunta:¿que fue antes, la
gallina o el huevo? En otras palabras, ¿qué entidad creó
el universo y que creó esa entidad? Tal vez existieron siempre el
universo o la entidad que lo creó y que no necesitaban ser creados.
Hasta hace poco tiempo, los científicos trataban de rehuir tal pregunta,
considerando que correspondía más a la metafísica o a la
religión que a la ciencia. Pero en los últimos años se ha
advertido que las leyes de la ciencia pudieron regir incluso en el comienzo del
universo, pudiendo ser delimitado y determinado de un modo completo por las
leyes de la ciencia.
El debate acerca de cuál fue el principio y
como comenzó el universo se ha desarrollado a lo largo de toda la
historia humana conocida. Básicamente existieron dos escuelas de
pensamiento. Muchas de las tradiciones primitivas y las religiones
judía, cristiana e islámica sostenían que el universo fue
creado en un pasado bastante reciente. (En el siglo XVII el obispo Ussher fijo
en el año 4004 a.C. la creación del universo, fecha a la que
llegó sumando edades de personajes del Antiguo Testamento.) Un hecho que
apoyaba la idea del origen reciente era el reconocimiento de que evidentemente
la raza humana evolucionaba en cultura y tecnología. Recordábamos
quien fue el primero en tal área o en desarrollar determinada
técnica. Así que, prosigue la argumentación, no
podríamos llevar aquí mucho tiempo, de otro modo,
habríamos progresado mucho más. En realidad, la fecha
bíblica de la creación no dista mucho de la del final de la
última glaciación, que es cuando al parecer surgieron los
primeros seres humanos modernos.
A algunos, como el filósofo griego
Aristóteles, no les agradaba la idea de que el universo hubiera tenido
un comienzo. Consideraban que eso implicaría una intervención
divina. Preferían creer que el universo había existido siempre y
que siempre existiría. Algo eterno resultaba más perfecto que
algo que tuvo que ser creado. Contaban con una respuesta para el argumento del
progreso humano antes expuesto: inundaciones periódicas y otros
desastres naturales habrían devuelto repetidamente a la raza humana a su
mismo comienzo.
Ambas escuelas de pensamiento sostenían que
el universo era esencialmente inimitable a lo largo del tiempo. O había
sido creado en su forma presente o había existido siempre tal como es
hoy. Se trataba de una creencia natural, porque la vida humana -y desde luego
el conjunto de toda la historia conocida- es tan breve que durante ese tiempo
el universo no ha cambiado significativamente. En un universo estático e
inimitable la cuestión de si ha existido siempre o si fue creado en un
tiempo finito corresponde realmente a la metafísica o a la
religión: cualquier teoría podría explicar ese universo.
En 1781, el filósofo Immanuel Kant escribió una obra monumental y
muy abstrusa, Critica de la razón pura, en la que llegaba a la
conclusión de que existían argumentos igualmente válidos
para creer que el universo tuvo un comienzo como para opinar que no fue
así. Como su título indica, sus conclusiones se hallaban basadas
simplemente en la razón; en otras palabras, no tenía en cuenta
alguna de las observaciones referidas al universo. Después de todo, ¿qué
había que observar en un universo inimitable?
Pero en el siglo XIX comenzaron a acumularse datos
indicadores de que la Tierra y el resto del universo cambiaban de hecho a lo
largo del tiempo. Los geólogos advirtieron que la formación de
las rocas y de los fósiles que contenían habrían
necesitado centenares o miles de millones de años. Esto era mucho
más que la edad calculada para la Tierra por los creacionistas.
Más tarde, la llamada segunda ley de la termodinámica del
físico alemán Ludwig Boltzmann proporcionó otros datos:
señaló que el volumen total de desorden en el universo (medido
por una cantidad llamada entropía) aumenta siempre con el tiempo. Como
el argumento sobre el progreso humano, esta formulación indica la
posibilidad de que el universo sólo haya existido por un tiempo finito.
De otro modo, habría degenerado ya en un estado de completo desorden en
el que todo se hallaría a la misma temperatura.
Otra dificultad que planteaba la idea de un universo
estático era que, según la ley de la gravedad de Newton, cada
estrella del universo debería ser atraído hacia todas las
demás. De ser así, ¿cómo podrían permanecer
inmóviles y mantener unas distancias? ¿No deberían
precipitarse hasta unirse?
Newton era consciente de este problema. En una carta
a Richard Bentley, destacado filósofo de la época, admitió
que una colección finita de estrellas no podía permanecer
inmóvil; todas caerían hasta reunirse en algún punto
central. Pero, arguyó, una colección infinita de estrellas no se
precipitaría porque carecería de un punto central en el que caer.
El argumento es un ejemplo de las trampas que uno encuentra cuando se refiere a
sistemas infinitos. Al emplear diferentes modos de sumar las fuerzas ejercidas
sobre cada estrella por el número infinito de estas, cabe obtener
respuestas diferentes a la pregunta de si las estrellas pueden guardar entre si
distancias constantes. Sabemos ahora que el procedimiento correcto consiste en
considerar el caso de una región finita de estrellas y luego sumar
más, distribuidas de una manera aproximadamente uniforme fuera de esa
región. Una colección finita de estrellas acabaría por
integrarse y, según la ley de Newton, la adición de más
estrellas externas a la región no impediría el colapso, en
consecuencia, una colección infinita de estrellas no puede permanecer en
un estado estático. Si las estrellas no se desplazan a un tiempo unas en
relación con las otras, la atracción las obligará a caer.
Alternativamente pueden alejarse mientras que la gravedad reduce la velocidad
de la separación.
Pese a estas dificultades planteadas por la idea de
un universo estático e inimitable, durante los siglos XVII, XVIII, XIX y
hasta el comienzo del siglo XX, nadie apuntó que el universo pudiera
estar evolucionando con el tiempo. Tanto Newton como Einstein perdieron la
oportunidad de predecir que el universo debería hallarse en
contracción o en expansión. No es posible realmente culpar a
Newton, porque vivió doscientos cincuenta años antes del
descubrimiento de la expansión del universo mediante observaciones. Pero
Einstein debería haberlo comprendido. La teoría de la relatividad
general que formuló en 1915 indicaba que el universo estaba
expandiéndose, pero se hallaba tan convencido de la idea de un universo
estático que añadió un elemento a su teoría para
reconciliarla con la de Newton y la gravedad en equilibrio.
El descubrimiento en 1929 de la expansión del
universo por parte de Edwin Hubble alteró por completo el debate sobre
su origen. Si se considera la noción actual sobre las galaxias y se echa
marcha atrás en el tiempo, parece que debieron de estar reunidas en
algún momento comprendido entre los diez y los veinte mil millones de
años. En esa época, una singularidad denominada el Big Bang, la
densidad del universo y la curvatura del espacio-tiempo habrían sido
infinitas. Bajo tales condiciones se quebrarían todas las leyes
conocidas de la ciencia. Esto significa un desastre para ella.
Significaría que por sí sola no puede indicar cómo
empezó el universo. Todo lo que sería capaz de decir es lo
siguiente:
"el universo es como es ahora porque era como
era entonces"
Pero la ciencia no podría explicar por
qué fue como fue justo después del Big Bang. No es sorprendente
que muchos científicos se sintieran incómodos con esta
conclusión. Surgieron diversas tentativas para sustraerse a la idea de
que tuvo que existir una singularidad del Big Bang y, por consiguiente, un
comienzo del tiempo. Una fue la llamada teoría del estado estable.
Según esta, al separarse unas de otras las galaxias, se formarían
otras nuevas en los espacios intermedios con materia continuamente creada. El
universo habría existido y existiría siempre más o menos
en el mismo estado que ahora.
Para que el universo siguiera expandiéndose y
se creara nueva materia, el modelo del estado estable requería una
modificación de la relatividad general, pero el ritmo necesario de
creación era muy bajo: aproximadamente una partícula por
kilómetro cúbico cada año, lo que no entraría en
conflicto con las observaciones. La teoría predecía,
además, que el promedio de densidad de galaxias y objetos similares
sería constante tanto en espacio como en tiempo, pero diversas
observaciones de fuentes de radiaciones de fuera de nuestra galaxia, efectuadas
por Martin Ryle y su grupo de Cambridge, mostraron que eran muchas más
las fuentes tenues que las intensas. Por término medio cabría
esperar que las fuentes tenues fuesen las más remotas. Existían
así dos posibilidades: o nos hallábamos en una región del
universo en donde las fuentes intensas eran menos frecuentes que el promedio, o
la densidad de las fuentes fue superior en el pasado, cuando de las más
distantes partió la luz en su viaje hacia nosotros. Ninguna de estas
posibilidades resultaba compatible con la predicción de la teoría
del estado estable de que la densidad de las radiofuentes fuese constante en el
espacio y en el tiempo. Arno Penzias y Robert Wilson asestaron en 1964 el golpe
final a la teoría cuando descubrieron un fondo de radiaciones de
microondas mucho más allá de nuestra galaxia. Poseía el
espectro característico de la radiación emitida por un cuerpo
caliente, aunque en este caso el término caliente resulte
difícilmente apropiado, porque la temperatura era solo de 2,7 grados por
encima del cero absoluto. ¡El universo es un lugar frío y tenebroso!
No existía mecanismo razonable dentro de la teoría del estado
estable para generar microondas con semejante espectro. Por esa razón
tuvo que ser abandonada la teoría.
Otra idea que evitaría una singularidad del
Big Bang fue la formulada en 1963 por dos científicos rusos, Evgenii
Lifshitz e Isaac Khalatnikov. Afirmaron que solo podía existir un estado
de densidad infinita si las galaxias se desplazaran directamente
acercándose o alejándose; sólo entonces habrían
estado reunidas todas en un solo punto en el pasado. Pero las galaxias tendrían
también algunas pequeñas velocidades marginales y éstas
podrían explicar la existencia en el universo de una previa fase de
contracción en donde las galaxias se aproximaron mucho, pero de
algún modo consiguieron evitar el choque. El universo podría entonces
haberse expandido sin haber pasado por un estado de densidad infinita.
Roger Penrose y Stephen Hawking desarrollaron una
nueva serie de técnicas matemáticas para abordar este problema y
otros similares. Mostraros que, si la relatividad general era correcta,
cualquier modelo razonable del universo debía partir de una
singularidad, lo que significaba que la ciencia podría afirmar que el
universo tenía que haber conocido un comienzo, pero que no podía
decir cómo tuvo que empezar. Para esto había que recurrir
a Dios.
Es interesante observar el cambio en el clima de
opinión acerca de las singularidades. Antes casi nadie las tomaba en
serio. Ahora, como consecuencia de los teoremas de la singularidad, casi todos
estiman que el universo comenzó con alguna singularidad en la que se
quebraron las leyes de la física. Creo que, a pesar de la existencia de
una singularidad, las leyes de la física pueden determinar
todavía cómo comenzó el universo.
La teoría general de la relatividad es lo que
se denomina una teoría clásica. Es decir, prescinde del hecho de
que las partículas carecen de posiciones y velocidades exactamente
definidas y se hallan "dispersas" por una pequeña
región conforme al principio de indeterminación de la
mecánica cuántica que no permite medir simultáneamente la
posición v la velocidad. Esto no importa en situaciones normales, porque
el radio de curvatura del espacio-tiempo es muy grande en comparación
con la indeterminación en la posición de una partícula.
Pero los teoremas de la singularidad indican que en el comienzo de la presente
fase de expansión del universo, el espacio-tiempo estará muy
distorsionado, con un pequeño radio de curvatura. En esta
situación, sería muy importante el principio de indeterminación.
De este modo, la relatividad general provoca su propia caída al predecir
singularidades. Para debatir el origen del universo necesitamos una
teoría que combine la relatividad general con la mecánica
cuántica.
La gravedad cuántica es esa teoría.
Aún no conocemos la forma exacta que adoptará la teoría
correcta de la gravedad cuántica. La teoría de las supercuerdas
es la mejor candidata de que disponemos en la actualidad, pero todavía
existen diversas dificultades sin resolver. Empero, cabe, que en cualquier
teoría viable estén presentes ciertas características. Una
es la idea de Einstein de que es posible representar los efectos de la gravedad
por un espacio-tiempo curvo o distorsionado -combado- por la materia y la
energía que contiene. En este espacio curvo los objetos tratan de
desplazarse siguiendo una trayectoria lo más próxima a una
línea recta. Sin embargo, por ser curvo, sus trayectorias aparecen
combadas como por un campo gravitatorio.
Confiamos en que en la teoría definitiva se
halle presente también la propuesta de Richard Feynman, según la
cual la teoría cuántica puede ser formulada como una suma de
historias. En su forma más simple, la idea es que toda partícula
posee en el espacio-tiempo cada trayectoria o historia posible. Cada
trayectoria o historia tiene una probabilidad que depende de su forma. Para que
esta idea funcione hay que considerar historias que se desarrollen en tiempo
"imaginario", en vez del tiempo real en que percibimos la existencia.
El tiempo imaginario puede parecer cosa de ciencia ficción, pero se
trata de un concepto matemático muy definido. En cierto sentido cabe
concebirlo como una dirección del tiempo perpendicular al tiempo real.
Se suman las probabilidades de todas las historias de partículas con
determinadas propiedades, como pasar por ciertos puntos en ciertos momentos.

Hay que extrapolar los resultados al espacio-tiempo
real en que vivimos. Este no es el enfoque más familiar de la
teoría cuántica, pero proporciona los mismos resultados que otros
métodos. En el caso de la gravedad cuántica, la idea de Feynman
de una "suma de historias" supondrá adicionar diferentes
historias posibles del universo, es decir, diferentes espacios-tiempos curvos.
Representarían la historia del universo y de todo lo que contiene. Hay
que especificar qué clase de espacios curvos posibles deberían
incluirse en la suma de historias. La elección de esta clase de espacios
curvos determina en qué estado se halla el universo. Si la clase de
espacios curvos que define el estado del universo incluyera espacios con
singularidades, las probabilidades de tales espacios no estarían
determinadas por la teoría. Por el contrario, habría que asignar
las probabilidades de algún modo arbitrario. Lo que esto significa es
que la ciencia no puede predecir las probabilidades de tales historias singulares
para el espacio-tiempo. Así, no se podría predecir el
comportamiento del universo. Pero es posible que el universo se halle en un
estado definido por una suma que incluya solo espacios curvos no singulares. En
este caso, las leyes de la ciencia determinarían completamente el
universo; no habría que recurrir a una entidad ajena al universo para
precisar cómo empezó.
En cierta manera, la propuesta de que el estado del
universo este determinado solo por una suma de historias no singulares es como
el borracho que busca su llave bajo el farol; quizá no sea allí
donde la perdió, pero es el único lugar donde puede encontrarla.
De modo similar, es posible que el universo no se halle en el estado definido
por una suma de historias no singulares, pero es el único estado donde
la ciencia puede predecir cómo debería ser el universo.
En 1983, Jim Hartle y Hawking señalaros que
el estado del universo sería dado por una suma de ciertas clases de
historias. Esta clase consistía en espacios curvos sin singularidades,
que eran de tamaño finito pero carecían de límites o
bordes. Se dan como la superficie de la Tierra, pero con dos dimensiones
más. La superficie de la Tierra posee un área finita, mas no
tiene singularidades, límites o bordes.
Cabe parafrasear del siguiente modo la propuesta que
Hartle y Hawking: la condición límite del universo es que no
tenga límite. Sólo si el universo se halla en ese estado carente
de límite, las leyes de la ciencia pueden determinar por sí
mismas las probabilidades de cada historia posible. Únicamente, pues, en
este caso, determinarían leyes conocidas cómo debe comportarse el
universo. Si éste se halla en cualquier otro estado, la clase de
espacios curves en la suma de historias incluirá espacios con
singularidades. Para determinar las probabilidades de tales historias
singulares habría que invocar algún principio diferente de las
leyes conocidas de la ciencia. Este principio sería algo ajeno a nuestro
universo.
No podríamos deducirlo desde el seno de
nuestro universo. Por otro lado, si el universo se halla en un estado sin
límite, en teoría podríamos determinar completamente
cómo debe comportarse, hasta la frontera del principio de
indeterminación. Resultaría evidentemente espléndido para
la ciencia que el universo se hallara en un estado sin límite. Pero
¿cómo podemos decir si es así? La respuesta es que la
propuesta sin límite formula predicciones definitivas sobre el modo en
que debe comportarse el universo. Si estas predicciones no coinciden con las
observaciones, se puede llegar a la conclusión de que el universo no se
halla en un estado sin límite. La propuesta sin límite es una
buena teoría científica en el sentido definido por el
filósofo Karl Popper: puede ser rebatida o desmentida por la
observación.
Si las observaciones no coinciden con las
predicciones sabremos que tiene que haber singularidades en la clase de
historias posibles. Pero eso es todo lo que conoceremos. No podríamos
calcular las probabilidades de las historias singulares, pues no
seríamos capaces de predecir cómo debe comportarse el universo.
Cabría pensar que esta imposibilidad de predicción no
importaría mucho de ocurrir sólo en el Big Bang; al fin y al
cabo, eso sucedió hace diez o veinte mil millones de años. Pero
si la posibilidad de predicción se quebró en los
fortísimos campos gravitatorios del Big Bang, también
podría venirse abajo allí donde una estrella se contrajese.
Sólo en nuestra galaxia esto podría suceder varias veces a la
semana. Nuestra capacidad de predicción resultaría deficiente
comparada incluso con la de las previsiones meteorológicas.
Claro está que uno puede decir que no hay por
qué preocuparse de que se quiebre la capacidad de predicción en
una estrella remota. Mas, en la teoría
cuántica, todo lo que no está realmente vedado, puede suceder y
sucederá, de modo que, si la clase de historias posibles incluye
espacios con singularidades, éstas podrán ocurrir en cualquier
parte y no sólo en el Big Bang y en el colapso de estrellas, lo que
significaría que no seríamos capaces de predecir nada. De igual
modo, el hecho de que podamos predecir acontecimientos constituye una prueba
experimental en contra de las singularidades y a favor de la propuesta sin
límite.
¿Qué es, pues, lo que la propuesta sin
límite predice para el universo? Lo primero que cabe decir es que, como
todas las historias posibles para el universo son finitas en magnitud,
cualquier cantidad que se utilice como medida del tiempo tendrá un valor
máximo y otro mínimo. Así, el universo contará con
un principio y un final. El comienzo en tiempo real será la singularidad
del Big Bang, pero en tiempo imaginario el comienzo no será una
singularidad, constituirá, por el contrario, un poco como el Polo Norte
de la Tierra. Si se consideran grados de latitud en la superficie como
análogos del tiempo, podría decirse que la superficie de la
Tierra comenzó en el Polo Norte. Pero éste es un punto
perfectamente ordinario del planeta. No hay nada especial al respecto y en el
Polo Norte rigen las mismas leyes que en cualesquiera otros lugares del planeta.
Igualmente, el acontecimiento que optemos por denominar "comienzo del
universo en tiempo imaginario" será un punto ordinario del
espacio-tiempo, muy semejante a cualquier otro. Las leyes de la ciencia
regirán en el principio igual que en cualquier otro momento.
De la analogía con la superficie terrestre
cabe esperar que el final del universo sea similar al principio, a la manera en
que el Polo Norte se asemeja al Polo Sur. Pero los polos Norte y Sur
corresponden al comienzo y al final de la historia del universo en el tiempo
imaginario, no en el real que experimentamos. Si los resultados de la suma de
historias se extrapolan del tiempo imaginario al real, encontraremos que el
comienzo del universo en el tiempo real puede ser muy diferente de su final.
Jonathan Halliwell y Hawking han hecho un cálculo aproximado de lo que
supondría una condición sin límite. Trataron el universo
como un fondo perfectamente terso y uniforme sobre el que habría
pequeñas perturbaciones de densidad. En tiempo real, el universo
comenzaría su expansión con un radio muy pequeño. Al
principio la expansión sería la que se denomina inflacionaria, es
decir, el universo doblaría de tamaño cada pequeña
fracción de segundo, del mismo modo que en ciertos países doblan
los precios cada año. La marca mundial de inflación
económica fue, probablemente, la de Alemania tras la Primera Guerra
Mundial, donde el precio de una hogaza de pan pasó en pocos meses de
menos de un marco a millones de marcos. Pero eso no es nada comparado con la
inflación que parece haber ocurrido en el universo primitivo: un aumento
de tamaño por un factor de un millón de un millón de un
millón de un millón de un millón de veces en una
pequeña fracción de segundo. Claro está que eso fue antes
del presente gobierno. La inflación resultó buena porque produjo
un universo terso y uniforme en gran escala, que se expandía en la tasa
justamente crítica para evitar la recontracción. La
inflación fue también beneficiosa en cuanto creó todos los
elementos del universo casi literalmente de la nada. Sin embargo, ahora hay al
menos 1080 partículas en la parte del universo que podemos
observar. ¿De dónde vinieron todas esas partículas? La
respuesta es que la relatividad y la mecánica cuántica permiten
la creación de materia a partir de la energía en la forma de
pares de partículas / antipartículas. ¿Y de dónde
vino la energía para crear esa materia? La respuesta es que
constituía un préstamo de la energía gravitatoria del
universo.
Este tiene una enorme deuda de energía
gravitatoria negativa que equilibra exactamente la energía positiva de
la materia. Durante el periodo inflacionario, el universo recibió un
considerable préstamo de su energía gravitatoria para financiar
la creación de más materia. El resultado constituyó un
triunfo de la economía keynesiana: un vigoroso universo en
expansión, rebosante de objetos materiales.
Hasta el final del universo no habrá que
pagar la deuda de energía gravitatoria. El universo primitivo no pudo
haber sido completamente homogéneo y uniforme, porque hubiera
transgredido el principio de indeterminación de la mecánica
cuántica. Existirían desviaciones de la densidad uniforme. La
propuesta sin límite implica que estas diferencias de densidad surgieron
en su estado fundamental, es decir, serían tan pequeñas como
fuese posible, consecuentes con el principio de indeterminación. Pero
las diferencias aumentarían durante el periodo inflacionario. Una vez
concluida esa etapa, quedaría un universo que se expandiría
más rápidamente en unos lugares que en otros. En las regiones de
expansión más lenta, la atracción gravitatoria de la
materia reduciría aún más la expansión. Con el
tiempo, la región dejaría de expandirse y se contraería
para formar galaxias y estrellas. De este modo, la propuesta sin límite
puede explicar toda la compleja estructura que vemos en torno de nosotros, pero
no hace una predicción única para el universo, sino que predice
toda una familia de historias posibles, cada una con su propia probabilidad.
La propuesta sin límite posee
inferencias profundas respecto del papel de Dios en lo que se refiere al
universo. Se acepta generalmente que el universo evoluciona según leyes
bien definidas, leyes que pueden haber sido dispuestas por Dios, aunque parece
que El no interviene en el universo para quebrantar las leyes. Sin embargo,
hasta fecha reciente, se consideraba que tales leyes no se aplicaban al
comienzo del universo. Habría correspondido a Dios dar cuerda al reloj y
empujar al universo por cualquier camino que deseara. El estado presente del
universo seria así el resultado de la elección por parte de Dios
de las condiciones iniciales. Sin embargo, la situación sería muy
diferente si fuese cierto algo semejante a la propuesta sin límite. En
ese caso, las leyes de la física habrían estado vigentes incluso
al comienzo del universo, de modo tal que Dios no habría tenido libertad
para escoger las condiciones iniciales. Claro está que todavía
sería libre de elegir las leyes que el universo obedeciera. Pero
quizás no sea esta una elección muy amplia. Puede que exista solo
un pequeño número de leyes, que sean consecuentes y que conduzcan
a que seres complejos como nosotros puedan formular la pregunta
¿cuál es la naturaleza de Dios?
Y aunque solo haya una serie de leyes posibles, se
trata únicamente de una serie de ecuaciones. ¿Qué es lo
que alienta fuego sobre las ecuaciones y las hace gobernar un universo?
¿Es tan apremiante la teoría unificada definitiva que determina su
propia existencia? Aunque la ciencia pueda resolver el problema del comienzo
del universo, no es capaz de responder a la pregunta ¿Por qué se
molestó el universo en existir?
Ignoro la respuesta.
© 1997 Javier
de Lucas